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La Coctelera

La página del Gordo Sapo

Aquí se relataran las desventuras de 5 amigos cordobeses: El Gordo, Astor, El Negro Sergio, Julito y el Negro Sandoval. También encontrarás los delirios de este autor que de repente encontró sus ganas de volver a escribir

Categoría: DE MI

22 Septiembre 2009

Aprendí algo

Aprendí algo
Que en las mañanas de verano
Bien temprano, siete y media
Me gusta tomar mates
Con una mujer hermosa
Debajo del alcanforero
Abandonarme al plan del día
Saboreando la guerra
Entre gata y pechos amarrillos
Entre vientos y primero calores
Lo aprendí
Después de mucho tiempo
De elecciones ingratas
Y de cargamentos de culpas
De corazones colapsados
Y miles de parliament
Me di cuenta
Que esa simpleza
También la descubrieron mis padres
Me avivé de que todo el plan
Empezaba y terminaba ahí
Que lo que restaba del día
Era un prologo de esa charla
Las cenas, el trabajo, los libros,
Las peleas, le inevitable violencia,
Desaparecían al llegar ese momento
Encontré mi punto de partida
El momento exacto
Y después todo
Hasta hacer el amor
Con el amor como objetivo
Era posible
Aprendí algo
Que solo quiero
Una mujer hermosa
Para tomar mates
Debajo del alcanforero
Saber que quiere
Que le gustaría comer
Si ir al cine
O comentar un libro
Reírnos de las perrunas
Y su obstinada
Perseverancia para
Escapar del gallinero
Mirar como mueve su boca
Al chupar la bombilla
Acariciar su pelo
En medio de la cebada
Contemplar su bata
Vieja y cortita
Que me rete por el enésimo faso
Y omita mi desden
Que le de una vuelta a las plantas
Y que este atenta al agua
Que mire para arriba
Y diga como siempre
Lo hermoso del arbusto
Lo planto mi padre
Dire
Como si ella ya no lo supiera
Lo disfrutamos nosotros
¡Gracias doctor¡
Y en cualquier momento
Llega juanete
Y nos reiremos de lo de siempre
De lo que enoja al otro
Y el otro se enojara
Por lo de siempre
Pero hasta ahí nomás
Nos levantamos
Y al dejar esa sombra
Que ya no para el calor
Sabemos que el día terminó
Que nos disfrazaremos
De muchas cosas
Para llegar de nuevo
A las siete y media
Del resto de nuestras vidas
EL GORDO SAPO

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17 Febrero 2009

Ejecución

La puerta retumba
Detrás de mi
La mazmorra es
el escenario
Mi carcelero
Soy yo
Pesado y despotricante
Me alejo
Y me quedo
Soy guardián
De mi propia pena
La sentencia
Es esperar
El leguleyo
Solo fastidió
A mi defensa
Y los tumores
De mis alegatos
Enfermaron a mis
Simples allegados
Fui juez pusilánime
Y fiscal abyecto
Testigo perjuro
De la condena
Mas turbulenta
El piso es frío
El rastro es fresco
Los gritos
Se dibujan en
El cadalso
La sangre es saliva
Coagulada de golpes
De interminables
Inocencias
Me arrastro
A mi hueco
El Verdugo
Se escucha
Borracho de sangre
De la mía
De la fresca
De la desayunante
Me paro en quejas
Y me aferro al aire
Vienen por mi
Los degenerados
De siempre
Son todos yo
En boca de espuma
Y en grito ceseosos
La horda es mía
Yo la comando
Y la sufro
Yo la arengo
Y la escupo
Mis ojos vendados
Mi alma también
Mi rodilla arde
En aquel madero
Todo ha terminado
Y yo también.
EL GORDO SAPO

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26 Enero 2009

Puteada

Enrengada el alma
Quiero salir corriendo
Hasta saber
Quien mierda soy
Transpirar bisturís
Que corten
La puta caparazón
Adonde quede?
Atorado en cuantos
Chotos miedos?
Se me seca
Mi altanera boca
Se me inunda
Mi inmanejable nariz
Y no llego a la meta
Y no se cual es la meta
Y si ya llegue,
Que alguien me avise
Que alguien me pare
Que alguien sea yo
Estás triste hijo de puta
Me dice el boludo
Que llevo en la mochila
Seguí así que sos feliz
No te quejes más
Que ninguna concha
Te va a salvar
Correr sin rumbo
Como el nabo de la peli
Corre sin ganas
Como siempre
Corre a ver si
Te traspiras a vos
Correr para llegar
Correr para ganar?
Correr para salir segundo?
Correr por correr?
Vivir corriendo?
Enrengada el alma
Y cojo el corazón
Mis piernas no dan más
Ya no corro más
Solo vuelo
En otra dirección
EL GORDO SAPO

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19 Diciembre 2008

Fundamentalista de séptima

La nostalgia no es una emoción desconocida para mí. Acercarme a mis recuerdos mas queridos y abrazarme a ellos para disfrutarlos aunque sea unos minutos, siempre me han producido placer. Particularmente creo que este volver al pasado es muy enriquecedor, y aunque tengo en claro que cuando uno hace este ejercicio de memoria está comparando lo bueno vivido con su presente, es bueno hacerlo a pesar de los riesgos que se corren. También tuve momentos de melancolía, pero trato de que sean solo “momentos”, porque no me gusta volver atrás con historias tristes.
Por otra parte creo que la nostalgia debe ser un catalizador de nuestras almas. Debe funcionar como un recordatorio de lo que podemos hacer, de lo felices que podemos ser, de lo audaces que tenemos que ser. En lo que no creo es en vivir en la nostalgia. Me parece que instalarme en esa emoción produciría en mí un estado de ánimo que viviera pendiente de las mieles del pasado; y todo aquello que no nos deje ver el presente y el futuro no es bueno. Esta más emparentado con la resignación, sentimiento que quita posibilidades de vida y que se puede traducir en un “ya nunca seré lo que fui”. Es más me animaría a opinar que la frase “todo tiempo pasado fue mejor” y encierra en pocas palabras el pánico cultural que existe contra el cambio.
Así estaba yo, feliz con mis ideas, hasta que me topo con yofuialbelgrano.com. Primero por curiosidad y luego con el fin de encontrar datos de queridos amigos, me sumergí en este océano de recuerdos que realmente me tienen asombrado. No solo por la imagen que tienen de quien le escribe, sino que yo pensé que nadie se acordaría de mi. Por distintas razones. Porque me echaron en tercer año y porque recuerdo no haber sido un modelo de alumno y menos de compañero. Así que desde la alegría que tengo le agradezco a cada uno que se comunicó conmigo a través de la página por acercarme a estos tan placenteros momentos de nostalgia.
Y en este “salir del closet” de mi pasado belgranense, he decidido contarle porque yo siempre me consideré un “fundamentalista de séptima”, y de paso repasar al máximo a mi querida sección.
En aquella época tenía la sensación de que Séptima era una especia de Arca de Noe, en donde lo más versátil y variopinto de las personas se habían conjugado en un solo curso. Algunos aseguraban que habían decidido poner a los de peor conducta todos juntos (¡Como serían los de Octava!), y otros menos dramáticos, explicaban que estaban ahí por el puntaje obtenido en los exámenes de ingreso. Seguramente nunca sabremos cual fue el método utilizado para reunir a semejantes especimenes en una sola aula.
De lo que si estoy seguro es que yo estaba orgulloso de pertenecer a Séptima, y tenía mis razones para estarlo.
Empecemos con mis compañeras. Yo veía a diario como sufrían estas pobres niñas a semejantes inadaptados que les habían tocado en suerte. Les aseguro que eran personas especiales porque pocas veces he visto tipos más guarangos, ordinarios y mal llevados como alguna parte del plantel varonil de nuestra sección (desgraciadamente tengo que incluirme en este grupo). Pero así como nos sufrían, creo que también se divertían, y de alguna forma nos querían. Digo esto porque recuerdo que en una Olimpiada observe como mis compañeras de peleaban a cartelazos con unos cobardes que se reían de nuestras habilidades en un partido de volley.
Mi recuerdo de púber que abandonó el guardapolvo y lo enfundaron en un saco, es llegar por primera vez al aula y quedarme embelezado con la belleza de Gabriela Martínez. Si la tuviera que comparar, para mi era una Grace Kelly de 12 años. Además de simpática y coqueta, era muy seductora. Todos nos peleábamos para ver quien se le declaraba primero, y no recuerdo bien quien tuvo suerte. Seguro no fui yo, porque habré sido atorrante, pero muy tímido con las mujeres
Por orden alfabético a mi me tocaba sentarme con Sandra Helman, una enorme rubia, que tranquilamente podría haber sido la reemplazante de una de las cantantes de ABBA. Hermosa y con un poderoso carácter, más de una vez me salvo la vida con las guías y otras cuestiones educativas. Después con el tiempo ella siempre eligió sentarse con otra compañera. No la culpo, seguramente no estaría bien visto compartir el banco con semejante proyecto de criminal.
También recuerdo a Griselda Matoski, una portentosa morocha que siempre me dedicaba una sonrisa. Con su peinado de Farrah Fawcet se paseaba imponente con su delicado e inmaculado guardapolvo blanco. Otros nombres que se me vienen a la cabeza son los de Ana María Cimó (una mujer de armas tomar), Gabriela Bosetti (una rubia callada y angelical) y una vivaz morocha de apellido Garay, de la que ahora no me acuerdo el nombre.
Pero sin duda, mis preferidas eran María del Carmen Velo, Cristina Mancilla y María Alejandra Pedrazzani. Estas tres mujeres fueron mis mejores amigas en aquella época. No se si alguien recordará a la petisa Velo. Era una preciosa pecosa que se comportaba como una compinche más. Dulce y pícara, me siguió en más de una de mis travesuras. Buena en los deportes –la única buena de todo el curso-, le hizo ganar más de un partido de hanball a sus compañeras. Creo que fue a fin de segundo año que dejo de ir al cole, y nunca supimos muy bien porque.
Cristina creía que era mi vieja. Ella siempre estaba atenta a que lo que hacía, como y porque lo hacía. Risueña, divertida y muy, pero muy inocente, siempre caía en alguna gastada preparada especialmente para ella. El trío Garade-Parga-Mengarelli la tenía en la mira, y a pesar de ser bastante pesados, ella siempre nos perdonó. Mi cariño hacía ella todavía persiste a pesar que hace años que no la veo. Después del cole nos íbamos caminando hasta la plaza Colón porque nos costaba separarnos. Enamoradiza, soñadora y excelente alumna de francés, fue mi amiga más cercana durante mi estadía en el Belgrano.
María Alejandra estaba prendida a una nube y así vivía. En primer año la recuerdo aniñada de bucles, y en tercero una sexy morocha de pantalones bombilla y sonrisa de oreja a oreja. Yo la volvía loca debido a su exhuberancia pectoral. Por supuesto que ese juicio mío solo se basaba en mis fantasías juveniles. Indudablemente la flaca tenía una gran paciencia y no me mandaba a la mierda de buena que era. Iba a tomar mates a su casa, y luego de más grande la volví a ver, y seguía tan bella y colgada como siempre.
En cuanto a los varones, recuerdo a muchos de ellos. El petiso Fonzo que era terrible y que tenía su propia bandita dentro del curso. Creo que uno de ellos era un chico de apellido Mazzochi. El flaco Fígoli, un rubio medio aporteñado de muy buen carácter. A Javier Cohen, un tipo queridísimo, muy preocupado por el estudio y que siempre andaba cerca de los quilomberos, pero nunca se metía. Alejandro Burdisio que me hizo hincha de Instituto, pasión que mantengo hasta ahora. Iba a estudiar a su casa en alta Córdoba. Creo que sus viejos tenían un almacén y la pasábamos bárbaro.También recuerdo a Alejandro Zaug, uno de los mellizos Mirgone, Jorge Álvarez Luque (su sonrisa era imborrable), el gordo Salcedo y Oscar Piamontesi.
Por supuesto que los más cercanos a mí era los enanos malditos que nombre antes. En realidad no éramos tres, al principio fuimos cuatro. Un compañero de apellido Mendoza era tan o mas quilombero que nosotros. Abandonó en primer año y jamás supe nada más de él.
Gustavo Mengarelli era un Robert Redford en miniatura. El petiso tenía loca a todas las mujeres de la escuela. Pícaro, rápido, brillante, con el éramos capaces de hacer cualquier cosa. Desde meternos en el vestuario de las chicas en medio del grito desesperado de muchas chicas que estaban semidesnudas, hasta tirar el kiosco del patio del primer piso. Nos mirábamos y ya sabíamos que macana íbamos a realizar. Compañero de peleas. No arrugaba nunca y casi siempre con chicos de cursos más grande. Más de un novio celoso le quería pegar, así que siempre aparecíamos con Pablo a copar la parada. Yo para esa época era enorme, así que más de uno arrugaba. También es cierto que nos comimos más de una paliza, pero no éramos de quejarnos. Cuando yo me fui el petiso se puso muy triste. Creo que al año siguiente se fue él. De a poco la sección como la habíamos conocido, iba desapareciendo.
Pablo era la inteligencia hecha persona. La forma de divertirnos con él era desde la ironía, desde el sarcasmo, desde la ridiculización del otro. Para ser sinceros éramos bastante insoportables y despiadados. Rapidísimo con las respuesta y vivísimo para salir airoso de más de un incidentes, Pablo era el “cerebro criminal” de esa banda. También se la aguantaba el ojudo y menudo como era, se prendía a las piñas como el mejor. El me llevo a jugar al rugby a la U y me pasaba tardes enteras tomando mate y estudiando en su casa de la Quinta Santa Ana. Su viejo era profe de Taller del cole, pero eso nunca le importó demasiado a la hora de jugarse en las trapisondas que nos mandábamos. Conocí en el un corazón noble para con sus amigos, que también quedó dolido cuando me echaron.
Una vez nos llaman a los tres al gabinete de psicopedagogía. Sentados frente a un escritorio, la profesional nos aseguraba que éramos un desastre. Que entre los tres teníamos no sé que record de amonestaciones. Que no sabían que hacer con nosotros, que nos iban a echar si seguíamos así. Yo estaba ubicado al medio de mis dos compinches. Cuando miró a un costado veo que Pablo se larga a llorar y empieza a gritar que el “es así” porque su padre le pega con un látigo todas las mañanas. Yo lo miraba y no lo podía creer. Estaba tratando de escuchar la increíble historia del ojudo, cuando veo que al enano le empiezan a dar unos espasmos en su cara, como si tuviera un ataque de algo. De un lado llantos y del otro espasmos. Yo me quería morir. A estos dos no les importaba nada lo que decía la mujer y se le estaban cagando de la risa en su propia cara. Cuando me di cuenta, me largue una carcajada que casi la despeiné. Me dio un ataque de risa que casi me desmayo. Imagínense la escena. Pablo lloraba, el enano se retorcía y yo me desgañitaba de la risa. La mujer se levantó enojadísima y nos echó del consultorio. Salimos, nos empezamos a reír los tres y nos fuimos a fumar un faso al bar del frente.
Así era todo el tiempo con mis compañeros de séptima, ya sea con los varones o con las mujeres. Y yo estaba totalmente enamorado de mi curso. Para que tengan ustedes una idea de este amor, no se si recuerdan las olimpiadas intercurso de tercer año. En esa oportunidad todo el curso sabía que nuestras posibilidades deportivas eran nulas, por lo tanto seguramente seríamos últimos en las posiciones finales. Cuando nos enteramos que por la presentación daban un punto, decidimos realizar una gran producción para ese momento.
Todo el curso tenía unas camisetas anaranjadas con unos listones negros, que si recuerdo bien llevaban la palabra séptima a un costado. También había una bandera, que en una de mis tantas mudanzas la encontré dentro de mis cosas, estoy seguro que si la busco la vuelvo a encontrar. Yo particularmente me había hecho una camisa que llevaba una inscripción en la espalda que decía “Omar y los Tigres (era la figura del animal) de Séptima”.
Pero a pesar de estar uniformados, el mayor esfuerzo lo hicimos en conseguir una mascota. Una paciente de mi viejo tenía granja y gracias a mi insistencia logre que me prestara una oveja. Pobre animal. Lo que sufrió con nosotros en esa jornada fue indecible. La tuvimos todo el día agarrada con una soga al cuello. Al principio se resistía, pero después se calmo y nos seguía todos lados. La formación de la presentación fue en la cancha de básquet que estaba al lado del gimnasio cerrado. Fuimos la conmoción de ese acto y ganamos el único punto que sacamos en toda la olimpiada. En cuanto a las competencias no ganamos ni un solo partido al ajedrez y de muchas disciplinas nos expulsaron por mala conducta, tanto de los varones como de las mujeres.
Por lo que he contado y por otras cosas más, siempre me consideré un fundamentalista de mi sección. Y por lo que les he contado y por otras cosas más, se habrán dado cuenta cuanto quería y recuerdo a toda esa gente. Y por lo que les he contado y por otras cosas más, entenderán cuanto me dolió haber dejado del Belgrano. Seguramente debe haber una explicación para entender porque uno hace cosas para alejarse de lo que más quiere. Yo no la conozco, pero si me reconozco muy feliz en los recuerdos de esa época de mi vida.

PD: Seguro que me olvido de nombres de personas queridas y desde ya pido disculpas, pero les aseguro que a medida que vaya recordándolos –y si me ayudan mejor-, escribiré de ellos.
EL GORDO SAPO

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19 Noviembre 2008

Destino, decisiones y algo más

Siempre he tenido esta conversación interna sobre si existe o no el destino, y en que forma modifica nuestras vidas. Primero creía en ese romanticismo de que todos teníamos una bitácora ya escrita en un libro mágico y sagrado. Y que por más que nos resistiéramos, lo que nos sucedía en este viaje ya estaba masticado y rumeado. Por lo tanto era en vano resistirse. Con el paso de los años esta azarosa definición se hizo difícil de sostener. Es por eso que inicie otros caminos para encontrar otra explicación que me conformara. Creí haber llegado a buen puerto cuando me mostraron que el destino era la construcción de nuestras vidas a través de las decisiones que tomamos. Esa “letra” me sirvió durante un tiempo, pero luego de algunos hechos inexplicables (por lo menos en el momento que sucedieron), me hicieron extrañar un poco mis antiguas creencias.
En la actualidad he llegado a una interpretación propia de este concepto, que en este momento no es significativo aclarar. Lo que si es importante es la historia que voy a contar y que de alguna manera servirá para mostrar estos entretenimientos mentales que me ocupan. Por supuesto, tengo la intención, de que ustedes circunstanciales lectores, me ayuden con su opinión.
Creo que la primera parte de mi relato ocurrió en el último año que cursé en la Escuela Superior de Comercio de Manuel Belgrano de la ciudad de Córdoba, cuando pertenecía al Tercer año en su Séptima sección. Fue en mis días finales en esa casa de estudios, luego que una desacertada decisión disciplinaria terminara con mi innecesaria expulsión, que siempre considere injusta y apresurada. Contaba con 13 años y corría el mundialista y dictatorial año de 1978 y mi experiencia en la Secundaria era de lo más salvaje. No sabría explicar muchas de mis acciones en esa época, pero creo que su único fin era el de divertirme y porque no, llamar la atención de todos los que me rodeaban.
Entre tantas de esas acciones disparatadas, recuerdo una que varios años después se me volvería a presentar y casi sin explicación fui obligado a revivirla.
El “enano” Gustavo Mengarelli y el “ojudo” Pablo Parga, eran mis laderos preferidos para mis tropelías belgranenses. Con ellos subíamos al primer piso del edificio escolar, y al final de los casilleros sobre la calle Chubut, nos asomábamos y escupíamos los autos que estacionaban abajo. Esta práctica asquerosa la hacíamos a diario y de a poco íbamos mejorando nuestra puntería. Mis compañeros pronto desistieron de esta práctica por considerar que ya había perdido la gracia. Yo no pensaba lo mismo y con una disciplina desconocida en mi, subía a mi mangrullo de francotirador y seguía escupiendo. Ya no me interesaba tanto el salivar, como haber conseguido una víctima.
Así fue. Desde un principio había localizado una gran camioneta (no sabría decir la marca), que se estacionaba todos los días en mi zona de fuego. La elegí por el contraste que producía mi gargajo en su roja pintura, que aumentaba el efecto visual de mis proyectiles orgánicos. De a poco empecé a notar que el móvil cambiaba de lugar para estacionarse, aunque seguía en la misma cuadra. Lo que me hacía pensar que el dueño se había dado cuenta de mis ataques. Eso encendía mi sentido de persecución, por lo que adonde fuera que estaba, iba hasta el lugar y lo escupía. Además una vez que lo había ensuciado a la mañana, me di cuenta que a la tarde ya lo habían limpiado, lo que mostraba que el conductor ya estaba atento por horas en lo que le hacían a su camioneta.
Durante casi un mes continué con mi pegajosa faena, hasta que un día, segundos después de haber dejado un “verdoso” sobre la cabina de mi blanco, fui sorprendido por tres hombres que de alguna manera me “detuvieron”. De los tres, el más enojado era un señor regordete, muy colorado y de pelo rubio. Este hombre que se presentó como el Intendente de la Escuela, iba acompañado por dos hombres de la limpieza que esgrimían sus enormes lampazos en forma amenazadora sobre mi adolescente figura. “¿Por qué haces esto Gordo… Por qué me escupís el auto todos los días?”, me gritaba demasiado cerca de mi cara este hombre de unos cuarenta años, que realmente parecía muy ofendido. Sin pensarlo mucho y como hice en repetidas oportunidades en mi periodo escolar, utilicé mi excusa preferida: El asma. Los que fueron mis compañeros recordaran que mis problemas respiratorios eran más que oportunos y sirvieron para que más de una vez nos salváramos de alguna prueba (sobre todo en música y sus audiciones de flauta dulce que nunca pude dominar), para no hacer gimnasia o natación, o simplemente para escaparnos a fumar algún cigarrillo por ahí (algunas veces en el mismo consultorio médico de la Escuela, pero no vamos a dar el nombre del profesional que lo permitía, por razones obvias).
“Yo escupo porque tengo asma, y junto mucha flema durante todo el día y tengo que largarla”, respondí con un tonito aflautado y con cara de recién salido de la terapia intensiva. La cara de mi “agresor” su puso mas colorada y a pesar que se le ocurrían miles de preguntas para hacerme confesar mi vandalismo, se dio cuenta que sería imposible ya que se encontraba ante un mentiroso profesional. El hombre maldijo entre labios, bufó, y finalmente me dijo que me fuera y que “por favor” que la próxima vez fuera a escupir al baño. Creo que rápidamente me olvide de esta aventura y solo duró en mi cabeza lo que tarde en contarles a mis laderos como había zafado de las autoridades logísticas de la escuela. Después de eso, pasó mucho tiempo para volver oír hablar de ese momento de secundaria.
Diez años después yo estaba terminando mi carrera de periodista en la Escuela Superior de Periodismo Obispo Trejo y Sanabria. Era mi último año, la época que empezábamos a preparar la tesis final para recibirnos. Desde el primer día que entre a ese establecimiento de la calle Rondeau, quedé encandilado con una hermosa compañera, que en muy poco tiempo “me había robado el corazón”. Por distintas razones, durante todos los años que cursamos juntos nunca me anime a hablarle de mis sentimientos. Básicamente porque éramos muy distintos. Yo mantenía mi componente salvaje y ella era una recatada señorita que remarcaba sus predilecciones religiosas para comportarse socialmente. Aunque hice todo lo que estuviera a mi alcance para alcanzar sus favores, lo único que conseguía de ella eran unos golpecitos en la cabeza como si se tratara de su mascota preferida.
El año se acababa y sentía que la iba a perderla definitivamente. Estaba dispuesto a hacer algo que la sorprendiera definitivamente y que me diera la oportunidad de poder hablarle de mis amorosas intenciones. Un querido compañero, el “Loco” Rizzi, insistentemente me invitaba a retiros espirituales con el fin de “que viera la luz” y abandonara mi consabido ateismo. Siempre lo rechacé y en más de una vez me reía de mi amigo y su “fe” en mí. Lo cierto que ante mi desesperación amorosa, el ofrecimiento del retiro no me pareció tan malo. Después de darle vuelta a la idea, me imaginé que ese sería mi punto de partida para enamorar a mi compañera. Acepté el convite y pronto se lo comunique a ella, que vio con buenos ojos mi repentino interés religioso. El plan era fácil. Después de volver de ese encuentro me iba a demostrar sorprendido y agradecido por mi “conversión” y me haría un ferviente feligrés de su mano. Así lograría que ella se fijara en mí y a la vez entraba un poco más en su universo. El tiempo demostraría que la estrategia no funcionó, es más me pelee con casi todos los participantes del retiro, y jamás pude sostener mi cambio espiritual ante mi amada, que fácilmente se daba cuenta de mi falta de entusiasmo con todo lo concerniente a este dogma.
Pero lo importante de relatar no está en el resultado amoroso, sino con lo que me sucedió una vez adentro del retiro espiritual. Recuerdo que partimos todos varones de una plaza del centro de la ciudad. Todos jóvenes parecidos a mi, ya sea por la forma de hablar, la ropa o por los intereses que teníamos para participar de esta reunión que duraba la noche del viernes, el sábado y el parte del domingo. Aproximadamente unas 15 personas nos subimos a un ómnibus que nos llevó hasta una silenciosa casona ubicada en las afueras de Villa Allende. Allí nos encontramos con otros 15 muchachos de nuestra edad que eran soldados que hacían la conscripción en Córdoba. Gente mas sencilla y alegre que nosotros, que aparentemente estaban allí obligados por la orden de algún superior.
Nos juntaron en un gran salón y de a poco distintos oradores nos daban la introducción de lo que iba a ser ese fin de semana espiritual. El último de ellos, era un señor gordo, bien colorado –como si siempre estuviera haciendo un gran esfuerzo para hablar- y rubio. Para ser sincero en ningún momento me di cuenta de quien era, hasta que él mismo se delató con las siguientes palabras.
“¿Saben por qué estoy acá hablando con ustedes?”, se preguntaba el gordo con una voz a un tris de ser un grito. “Estoy acá porque hace mucho que me di cuenta que a la juventud hay que salvarla, porque esta realmente perdida”, se respondía a sí mismo a la vez que sudaba cada vez más su exigua camisa. “¿Y saben cuando me di cuenta que la juventud estaba perdida?”, volvía a interrogar el gordo repasando a sus oyentes con los ojos bien abiertos. “Me di cuenta cuando yo era intendente de una de las escuelas mas importantes de Córdoba”, dijo seguidamente. Hasta ese momento nada me hacia ver lo que vendría. “Cuando yo trabajaba ahí me di cuenta lo mal que estaban los chicos y me decidí a ayudarlos”, explicaba ahora con un tono más sereno. “Lo peor que me paso –volvió a levantar el volumen- fue con un gordito que todo los días me escupía la camioneta desde un primer piso”. Mi cabeza se disparó y empecé a hacer memoria. “Cuando lo agarré, me dijo que escupía mi auto porque tenía asma y no le quedaba otra que tirar la flema”, detalló el ya ofuscado hombre ante el solo recuerdo. “Se imaginan, el tipo estuvo un mes llenándome de gallos el auto y lo único que se le ocurría era mentirme que lo hacía por una enfermedad”. Ya no tuve dudas de quien hablaba. “Ese día me di cuenta que esos chicos estaban alejados del camino de Dios, por lo que tomé la decisión que de ahí en adelante iba a hacer todo lo posible para traerlos al rebaño”.
Primero me sorprendí, luego me dio vergüenza por mi pasado, pero finalmente me enojé con este laico que utilizaba mi vida para convencer a los asistentes de “que la juventud estaba perdida”.
Levanté la mano, me otorgó la palabra y dije: “Ese chico era yo, y todo ocurrió en el Belgrano”, le señalé lo más tranquilo posible. El tipo se quedó callado. Me revisó con los ojos y con gesto de mucha ofuscación se dio cuenta que no mentía. Hizo una imperceptible pausa en su notable bronca, y como el mejor de los actores cambió de cara instantáneamente. “¡No lo puedo creer gordo!... ¡Que increíble que nos volvamos a encontrar!”, dijo hasta con cierta alegría. “Si soy yo”, respondí y me puse de pie. “Bueno me alegra que estés acá. Así le podes contar a los demás como fue lo que pasó aquella vez”, soltó el colorado en un pedido casi educativo.
Lo primero que quería hacer era asegurarles a mis compañeros que no había mentido, luego escupir en la cara del gordo y finalmente salir corriendo de ese santificado salón. Pero no, no lo hice, solo atiné a decir; “sí, todo lo que usted dijo es verdad”. El hombre se alegró con mis palabras e inicio un discursete de lo bueno era que alguien tan equivocado en la vida estuviera ahora aquí para ver “el camino”. Cuando todo terminó y antes de irnos a cenar el tipo me alcanzó y me llevo aparte. “¡Que pedazo hijo de puta que eras, como estaba caliente con vos, te quería matar! Bueno, pero todo eso cambió y ahora yo te voy a ayudar a que seas mejor”. Me dio una suave cachetada en la cara y se fue sonriendo. La bronca que tenía casi me hacía levitar. Desde ese momento juré que me vengaría de ese tipo que se creía con derecho a hacer “mejores” a las personas. De ahí en adelante me dediqué a discutir cada uno de los dogmas con los que nos querían adoctrinar. Desde los mandamientos, hasta los ítems mas cerrados de su religión. En el último día, en el que teníamos que dar testimonio de nuestro paso por el encuentro, declaré que nada de lo escuchado me había convencido y que me parecía un método engañoso de propagar la fe. Todos se sorprendieron con mis palabras (hasta mis pobres padres que asistieron con la esperanza de conseguir un cambio en mi comportamiento), pero lo único que miraba yo era la gorda cara del ex intendente, que se hinchaba y se ponía extra roja mientras me escuchaba. En ese momento me acordé con el gusto que escupía ese auto, y lo enojado que estaba mi víctima el día que me atrapó. Me bajé del estrado con la alegría instalada en mi cuerpo y bajo el aplauso de algunos de mis compañeros que pensaban igual que yo pero no se animaban a “escupirlo”.
No se a que tipo de casualidad se debió este extraño encuentro. No se si fue el destino que tenía escrito que nos encontraríamos por segunda vez en la vida y que de nuevo lo iba a sacar de quicio. O fueron mis decisiones equivocadas que me hicieron a ir a un retiro religioso con el tan solo propósito de enamorar una mujer que no me elegía ni por asomo. Azar o decisiones, lo único que me di cuenta ese último día, es que seguía siendo tan salvaje como hacía 10 años, pero en ese momento no me hizo falta escupir.
EL GORDO SAPO

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14 Noviembre 2008

Maldición

Alguna vez me maldijeron en una plaza belgranense. Era un mediodía de fuego al norte del norte del país. Fue una señora, buena madre y redonda mujer, la que me deseo que “nada de lo que hagas en tu vida te salga bien”. Y mal no le fue con su pedido a mi destino. No solo por ese presente, sino por lo que yo venía viviendo. A veces creo que fue una broma de esa iracunda suegra, porque ella ya veía que el éxito no era mi copiloto. Lo que es seguro que después de las bofetadas de sus palabras, nada me “ha salido bien” desde que me acuerdo. Lo que no sé, si esto se debe a que ella provocó esta mala vida, si mi destino ya me tenía configurado tantos pesares, o el simplemente el hecho de darle tanto valor a la frase de esa madre de una hija puta y resbaladiza, me trajeron a donde estoy tirado ahora. Quisiera creer que mi suerte era otra. Que el escriba sentado a la diestra de Dios (cualquiera de ellos, no soy pretencioso) planeo un camino más venturoso para mi. O mejor que eso, que como aprendí a fuerza de tantos errores, el destino, nuestro deambular por este “valle de penas” –dijo una vieja- era modificable por mi mismo, con mi sola voluntad, con la más pura divinidad que cada uno tiene para forjarse lo que vendrá. Pero no, eso tampoco funcionó. Echarle la culpa a otros o intensificar y estudiar a fondos mis decisiones no me sirvieron para nada. Y casi sin querer, los fracasos hacían cola a la puerta de mi futuro. Eso sí, seguía adelante y a pesar de todo no deje de respirar. Y a las mujeres crueles, les di una nueva oportunidad. Y a los jefes déspotas, les di mi mejor trabajo. Y al dinero inalcanzable, lo seguí corriendo. Y a los pulmones débiles, les di más cigarrillo. Nunca me detuve, eso es cierto, y en este mar de fracasos y sinsabores desde mi natalicio, yo siempre le puse un “collar de perlas en mi boca” (no esta de mas decir que a los veintipico se me empezaron a caer y ya luzco una equidistante y plástica dentadura), y la otra mejilla, y las “esperanza es lo ultimo…”, y ya vendrán tiempos mejores, o algún culo sangrara, entre otras tantas frases celebres, que como una droga para el alma me han permitido seguir aunque sea un día mas. No está en mí con estas últimas oraciones dar un mensaje positivo. ¡Carajo! Si hay algo que no conozco es ese polo, ni siquiera en las pilas lo encuentro. Solo quiero ser sincero con lo que escribo. Entonces cansado de buscar explicaciones para tanta inequidad hecha persona, decidí depositar toda la culpa en aquella maldición santiagueña. En la fuerza de esa mujer que había parido hijos hasta parada. Que la asistía la razón, el enojo y la sabiduría de saber que yo había sido un mal puerto para su rechoncha hija. Hoy postrado aquí entre mis penas y mis dolores, le digo que sí, que todo lo que hice en mi vida después de que ella me escupió malpasares, me ha acontecido y en grande. Así que quédese tranquila buena comadre, usted cumplió su cometido. Aunque déjeme decirle que bien o mal es solo una interpretación, que lo que esta bien para usted, puede ser malo para mi. Ya me lo dijo una novia, no es que no me quiero casar con vos, sino que no te quiero cagar la vida. Y quizás tenía razón. Por eso, y ante la duda que ahora toma posiciones en mi alma como un desembarco yanqui, le digo gracias señora y maldigo haber creído en sus maldiciones. Y sobretodo maldigo al que lea estas palabras para que todo le salga en la vida como cree que le sale. Y que cuando le quiera echar la culpa a algo, que lo haga con este escrito o a con su autor, que para eso estamos.
EL GORDO SAPO

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8 Mayo 2007

Destino

-¡Morirás!-, dijo el verdugo.
-Tu también-, dijo el hacha.
EL GORDO SAPO

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6 Septiembre 2006

LA PRIMERA VEZ

Hago fuerza para abrir los ojos. No siento nada. Parece que no hay nada a mí alrededor. ¿Estoy en mi casa, en mi cama, en donde estoy? No me acuerdo de nada. Me siento livianita, como en el aire. El sueño me vence, mis ojos se van a cerrar de nuevo. Como me cuesta estar despierta. Espero que el Maxi y la Vero estén con mi mama. Los tenía que ir a buscar a la nochecita. ¿Qué hora es? Me voy a tener que levantar para ir a buscarlos. Son tan buenitos los dos que seguro que no se quejan de que voy a llegar tarde. Después de todo lo que han pasado, todavía siguen enteritos los pobres. Las peleas, el divorcio, los tribunales, los abogados, las falsas acusaciones. Mira si voy a ser drogadicta yo, como se le ocurre a este imbécil. Es como si nunca me hubiera conocido. Todo porque se fue con esa pendeja y me dejo con los niños y nunca me quiso pasar un centavo. No tengo problema que no me quiera más, ¿pero los chicos que culpa tienen? Y eso porque nunca me dejo a salir a trabajar, que si yo hubiera tenido mi propia plata, no le pido nada. Bueno la estupida fui yo que me deje manejar sin darme cuenta lo que podía pasarme y ahora sola en el mundo el único trabajo que consigo es de empleada doméstica. No me quejo porque con las dos casas que limpio me alcanza para el alquiler y la comida. Pero nada más. Sí hace como dos años que no me compró ni un trapo. Hasta la perrita tuve que regalar porque no tenía para darle de comer.
Voy a ver si me puedo mover un poquito porque ya me voy a tener que levantar. ¡Uy! Como me cuesta. Hasta me agito. Esto nunca me había pasado. Estoy muy cansada. Me voy a quedar quietita hasta que recupere el aliento. Eso tendría que haber hecho: “haberme quedado quietita” y no juntarme con ese tarado que solo me complicó la vida. Cuando lo conocí ya llevaba casi un año de separada. Lo vi. en el baile que me llevo mi hermano. Era grandote y se veía que me llevaba varios años. Lo primero que pensé que bueno sería que un hombre hecho y derecho se fijara en mí. Estaba harta de pendejos que solo querían joder. Yo quería alguien que me acompañara, que me apoyara, estaba cansada de hacer todo sola. Hasta que me miró. Y yo no aflojé y le devolví una sonrisa, y ahí empezó todo. Tenía 44 años, es decir unos veinte más que yo, pero no los aparentaba. “Mucho gimnasio”, me explicó, por eso se conservaba bien. Tenía un kiosco en la ruta y andaba en un auto nuevo, que no era 0 KM, pero que según él “lo cuidaba más que a la madre”. Esa noche no paso nada, pero al día siguiente apareció por la casa de mis viejos porque se hizo amigo de mi hermano. Almorzó con nosotros y compartió como uno mas, compró helados para los chicos y todos quedaron encantados con él, sobre todo mi papá que veía en este hombre la solución para mi vida. A la tarde me llevó con el Maxi y la Vero al zoológico, y mientras los chicos daban una vuelta por el trencito, me robó un beso. A la noche no me aguanté más, lo llamé a un amigo para que me cuidara los niños y me fui para el kiosco. Conversamos un ratito y sin darme cuenta ya me había hecho pasar al otro lado del mostrador. Un beso, trajo otro, y una caricia, otra y no se que más, lo único que me acuerdo que bajó la ventanita del negocio y nos quedamos ahí toda la noche.
Siento como si estuviera mojada, pegajosa. ¿Qué será este líquido espeso que tocó con mis manos? Casi no puedo abrir los ojos. ¿Es negro o es marrón? No puedo distinguirlo. Me duele la cabeza. Mejor no hago más fuerza para mirar que es eso o no me voy a levantar más. ¿Qué hora es, los chicos se abran dormido? Que mala suerte que tengo, no lo puedo creer. Recuerdo que creí que mi destino había cambiado un poco cuando logré alquilar ese departamento para irme a vivir con mis hijos. Estaba feliz por mi independencia, pero sobre todo estaba feliz porque el pasaba mucho tiempo conmigo. Ya no estaba sola. Además los chicos lo adoraban. Siempre venía con un regalo para ellos y para toda la familia. Un vinito para mi viejo, unas revistas para mi vieja, una remera para mi hermano, todos estaban contentos con el “novio”. Todo iba bien y yo me imaginaba un futuro glorioso junto a él. Pero no fue así, nunca me pasa nada bueno a mí. A los seis meses de haberlo conocido, noté el primer atraso. ¡La puta que lo parió!, justo a mi que estaba tomando las pastillas. Nunca me había cuidado tanto. No podía creer mi mala suerte. Después de la desesperación, traté de pensar mas tranquila que iba a hacer. Traté de ser positiva y pensé que lo bueno que era él con hijos ajenos, seguramente se pondría muy contento cuando le diera la noticia de que iba a ser padre. Me aferré a esa idea y esperé un poco hasta poder confirmar el embarazó. Cuando no tuve dudas, fui hasta el kiosco y se lo conté. Primero se sorprendió y luego me abrazó y volvimos a pasar la noche haciendo el amor en el piso del negocio, como la primera vez. Que alegría tenía. Al fin algo me salía derecho. Pero, como siempre, todo se desbarranco a los pocos días.
No puedo creer que no puedo ni moverme. ¿Qué me habrá pasado? Por mas que pienso no puedo acordarme. Se que me junté con mi hermano porque me tenía que dar algo. Pero eso fue al mediodía, y ahora ¿qué hora es? No me siento bien, pero estoy tranquila. Es una sensación muy rara. Pocas veces me sentí así, como perdida, como olvidada. También me sentí mal ese domingo cuando “el novio” apareció en la casa de mis padres. Estaba serio, no le sonrió ni siquiera a mi viejo. No se sentó, me miró fijamente y lo único que dijo fue: “ese chico no es mió”. Y después el silencio. Yo no entendía nada, ¿que le pasaba?, ¿se volvió loco?, ¿cómo que no era suyo? “No es mió y si lo queres tener yo no me voy a hacer cargo”, dijo en voz alta delante de todos. Mi papá trato de calmarlo y llevarlo para adentro para conversar tranquilos. Lo empujó con el brazo y empezó a gritar: “Yo no me hago cargo me entendés y si me jodés me hago un ADN para demostrar que no es mió”. Me largue a llorar y casi suplicándole le preguntaba: “¿Qué te han dicho, quién te ha mentido? Es tu hijo, te lo juro por Dios?”. Mis hermanos lo sacaron a la fuerza de la casa mientras repetía a los gritos lo del ADN. Cuando se fue, todos quedamos en silencio. Nunca me voy a olvidar la mirada de mi viejo, no me dijo nada, pero con los ojos me culpaba de una forma que me hizo sentir la peor mujer del mundo. Sin dejar de llorar, agarré a los chicos y me fui al departamento. Cuando me tranquilicé lo único que podía pensar es como iba a salir de semejante quilombo.
La cabeza me pesa mucho. Hago fuerza con el cuello y no logro moverla. Intento empezar un movimiento desde las piernas, pero no las siento. Aunque ya reconozco el lugar, es mi pieza, mi cama, todavía no entiendo porque estoy en este estado. ¿Habré tenido un accidente? ¿O solo estoy durmiendo y lo único que hago es soñar? Lo que si sé, es que mi vida se convirtió en una pesadilla después de ese domingo. Mis viejos no me hablaban y “el novio” desapareció hasta del kiosco. Sola y con más de tres meses de embarazo tuve que tomar una decisión: No lo iba a tener. No podía hacerlo, en este momento en vez de ser una bendición iba a ser un problema sin solución. Si lo tuviera iba a tener que buscar mas trabajo, ¿y quién me iba a mantener después del parto? En las casas que trabajaba era todo en negro y por más que se apiadaran de mí y me dieran unos pesos, seguramente iban a tener que buscar otra persona para que hiciera mi trabajo. Además a esta gente los únicos problemas que le importan son los propios, todos los que estamos cerca suyo tenemos que ser invisible sino nos borran de un plumazo. ¿Y como lo iba criar, en que tiempo iba a estar con él? En la noche, cuando llegara toda cansada, sin ganas hacer nada, solo de dormir. Para colmo el Maxi empezaba la primaria y estaba todo nervioso por todo lo nuevo que le iba a pasar. La Vero seguía en prejardín, pero siempre la tenía que tener controlada por el tema del asma. Lo que era seguro que no le iba a pedir ayuda a mis viejos, no me iba a aguantar otra mirada acusadora de mi viejo. Me las tenía que arreglar sola y ni loca iba a tener otro hijo para que lo criaran en una guardería. Estaba decidida, no lo iba a tener.
Casi no escucho los latidos de mi corazón. Trato de concentrarme y lo único que siento es un latido muy alejado del otro. Sin fuerza, sin ritmo, es como si todo fuera en cámara lenta. Mi respiración es suave, los pulmones casi no se mueven y siento que el aire que entra a mi cuerpo va disminuyendo poco a poco. Como si algo se fuera a terminar. Esa era mi idea cuando tomé aquella decisión: terminar cuanto antes con esa historia. Una farmacéutica amiga me vendió una pastillas, que según me dijo iba a provocar unas perdidas que iban a terminar con el embarazo. A los dos días de tomarlas, sentí los primeros síntomas. Dolor de vientre y mareos que solo produjeron un hilito de sangre. Me pareció que las pastillas no hicieron efecto y antes de cumplir los cuatro meses me fui a la Maternidad Provincial para hacerme unos exámenes. Allí los médicos me confirmaron el embarazo y me aseguraron que había tomado ese medicamento demasiado tarde como para que hiciera efecto. Me volví a desesperar y no sabia que hacer. Una prima me recomendó una doctora que “se encargaba de estos casos” y a la que ella había ido cuando era más chica. Llame por teléfono y una mujer me dio la dirección y me dijo que normalmente estos trabajos costaban unos 500 pesos. Hice una cita para ese martes a la mañana y empecé a buscar a alguien que me prestara esa suma para poder terminar cuanto antes este drama. Hablé con muchos conocidos, pero a ninguno me animé a decirle para que era. Al fin me decidí y, hablé con mi hermano, que durante un buen rato escuchó la historia que había inventado para el caso. Cuando terminé, me miró y me dijo que fuera temprano a la mañana que me iba a dar la plata. Al otro día me esperaba en la esquina de la casa paterna. Apenas me vio, me metió un sobre de papel en la cartera, me abrazó y me dijo al oído: “¿querés que te acompañe?”. Le dije que no con la cabeza y con lágrimas en sus ojos, me dio un beso y se fue.
En mi cabeza solo hay recuerdos lindos en este momento. Cuando corríamos con mis hermanos a la orilla del rió. Cuando mi papa se compró el primer auto. Mi fiesta de 15. Cuando nació el Maxi. Es como si mi mente me guiara hasta recuerdos placenteros para hacerme sentir mejor. Para salir de este sopor que me envuelve y me tiene totalmente confundida. Es como si estuviera en el umbral de algo importante que va a suceder, pero sin saber que es. Al llegar toque el timbre y me entendió una señora gorda de unos sesenta años o mas. No me dijo nada y con una seña me hizo pasar. Un comedor simple con unos sillones marrones y una pequeña mesita era todo el mobiliario de ese lugar bastante oscuro por las ventanas tapadas con papel de diario. En las paredes se veían varios diplomas y fotos de personas que posaban en hospitales o consultorios. La mujer se identificó como la “doctora” y me empezó a preguntar todo sobre mi caso. Cuando le dije que estaba de cuatro meses, se puso nerviosa y me dijo que ella no podía hacer el “trabajo” de un embarazo de tanto tiempo. Yo le insistí y le rogué porque no tenía otro lugar a donde ir. Después de un rato de súplicas, la mujer me dijo que lo haría, pero que un trabajo de esa magnitud era más caro, que en vez de 500, iban a ser 800 pesos. Yo dude un segundo, pero después me acordé que tenía la plata del alquiler. Junté todo en el sobre y se lo di. Me hizo esperar unos minutos en la “sala de espera” y luego pasé a un cuarto blanco y chiquito en el que solo había una camilla con estribos y una mesita con unas cajas metálicas. Me acostó y lo primero que hizo fue ponerme un suero en el brazo. “Te vas a dormir de a poco mamita, pero no te preocupes que no es nada”, me dijo. Mientras me empezaban a pesar los ojos, la mujer me seguía hablando: “lo que pasa que es muy difícil hacer uno de cuatro meses, tenés que tener muy buen pulso para raspar y yo casi no me animo porque estoy grande”. Mientras ella me explicaba lo que iba a hacer, sentía como mi cuerpo perdía todas sus fuerzas. “Además en estos casos se necesita mucha anestesia para que no sientas nada mamita”, fue lo último que le oí decir cuando me quedé dormida.
Ya no escuchó nada a mi alrededor. El silencio es apabullante. Todavía no se que me pasó y por mas que lo intento ese recuerdo tarda mucho en llegar a mi. Me parece que cada vez hay más de ese líquido. Esta regado todo alrededor de mi vientre. Por un segundo siento que lo voy a lograr. Son como pantallazos, pequeñas y rápidas imágenes me sacuden y en solo segundos comienzo a ver todo. Me desperté sobresaltada, un gran dolor dejaba su eco dentro mió. La mujer puteaba y llamaba a alguien. “Trame algodón, rápido pelotudo, rápido”, le gritaba a un hombre que acababa de entrar a la habitación y me miraba desesperado. Cuando volvió traía una bolsa enorme blanca. De su interior la “doctora” sacaba algodones en bolitas que yo sentía que empujaba con fuerza. “Está todo bien mamita. No fue nada, ya vamos a terminar”, mientras continuaba metiendo algodones en la zona del “trabajo”. Cuando se calmo un poco la mujer, miró al hombre y con una seña hacia mi ropa que estaba sobre una silla, le dijo “empeza a vestirla”. Yo estaba mareada y casi no sentí nada cuando el hombre me ponía la bombacha. La mujer apareció de nuevo por otra puerta y esta vez venía cambiada con otra ropa. “Ya está mamita, ya te podes ir a casa”. No se como me bajé de la camilla, lo cierto es que en un segundo me encontré en la puerta de esa casa. “¿En que te vas mamita, en ómnibus?”. Asentí con la cabeza y volví apoyarme sobre el marco de la puerta. “No, así no podes irte en ómnibus, ¿no tenes plata para un taxi?, bueno no importa, yo te lo pago, haceme un favor llama un taxi”, le dijo a su acompañante que todavía seguía nervioso. Cuando subí al auto solo tuve fuerzas para darle al chofer la dirección. Después casi pierdo la conciencia, solo me despabile cuando llegamos a la complicada entrada del Marqués, debido al caos que había en la ruta por el nudo vial. Cuando me bajé en mi casa, lo último que escuché del taxista fue una queja por una mancha o algo así. Entre al departamento y apoyándome en las paredes llegué hasta mi cama...
…Ahora si recuerdo todo
¿Qué estarán haciendo los chicos, estarán nerviosos, me extrañarán? Yo ya me siento mejor. Percibo un dulce aroma que me rodea y ya no tengo ganas de hacer fuerza para abrir los ojos. Me relajo definitivamente, la luz se apaga del todo y cuando el sueño me envuelve totalmente, me doy cuenta que por primera vez en mi vida ya puedo dejar de luchar.
EL GORDO SAPO

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