El hombre que querìa morirse (novela en trance). Capítulo II "El vigilante"
Me encanta esta botella cuadrada. No conozco otro envase de este tipo. Es verde y todo en él me parece antiguo. Lo sopeso en mis manos como si fuera un lingote de oro. Lo observo detenidamente. Lo pongo contra el sol y dibujo detrás de ese líquido algunas de las fantasías que me entregan las nubes. El día es claro, la decisión es clara. Me escapé de nuevo y no creo que me puedan hacer volver. Lo que yo hago, lo hago porque quiero. Porque lo elijo. Sin paz, sin tranquilidad, sin razón tal vez, pero lo elijo. Elijo irme. La tapa verde me llama. Me parece que ya no tengo fuerza para romper las últimas ligaduras de ella con el cuello de la botella. La llevo a la boca, la aprieto con mis dientes y logro que gire. Se va abriendo y en la torpe maniobra algo de la lacerante ginebra cae en mis labios. No espero, y sin que la tapa haya salido del todo –sigue pegada como un pellejo en el dedo-, empino la botella y la ginebra se abre paso sin cuartel. Se lleva todo lo que vive en mi boca, en mi garganta, en mi alma y cae, pesadamente, otra vez. La conexión con mi cerebro es inmediata. Toma nota, no confunde, determina todo, y ordena la confusión, el delirio, el mareo, el vómito, todo lo que en su lista indica que el visitante de siempre ha llegado. El corazón se resiste y empieza a tartamudear. No sabe qué decir, pero me lo hace saber. El ritmo es infernal. Telegrafía la última advertencia. Pide ayuda. El cerebro está ocupado. Inmerso en la visita. Creo recuperarme y veo que no ha sido suficiente. Otro trago más y, al sentir su paso, me digo que a esto le falta algo. Llego hasta la etiqueta, tomo el más cercano, lo enciendo y la tos es mi respuesta. Los pulmones ya no reaccionan, y son nuevamente fumigados por el humo. El corazón grita en este momento y cuando mis ojos dejan de pedir auxilio, la veo entrar. “¡Oscar, Oscar!, ¿Qué haces?, por favor ¿Qué hacés?”. Caen definitivamente mis párpados, el corazón va acallándose y los pulmones no inflan más. Siento su mano en mi nuca y el aullar de un pedido de ayuda. Un segundo más de conciencia, la miro y le digo: “Dejame en paz, hija de mil putas”.
Estaba yo vigilando. Yo sabía que Eugenia me era infiel. Pero no infiel así nomás. Era una mujer que no podía estar sin mentirme, que no podía estar sin dejarme de castigar por algo de lo que nunca fui culpable. Su hacha era su sexo y con él salía a matarme todos los días. Yo lo sabía. Se acostaba con todo ser viviente que encontraba. Se desnudaba en cualquier lugar. En su oficina, en la casa de su madre, en las tiendas, en misa, cualquier lugar era una buena oportunidad para bajarse la bombacha. Era una puta arrastrada. Mentirosa. Me juraba amor, comprensión y lo único que quería esta bestia era estar con alguien que pudiera lastimar, destripar como la máquina despiadada que era. Yo había decidido vigilarla, estar detrás de cada uno de sus pasos, para conseguir las pruebas de su tortura, de sus delitos, de sus mentiras. Me había convertido en un detective avezado. Era un espía invisible y, durante un mes, la seguí por todos lados. Su día empezaba temprano, como a las seis de la mañana. Salía a correr un recorrido de seis kilómetros. Siempre utilizaba joggings sueltos, unas zapatillas blancas y su pelo negro recogido. Sabía que todo era un disfraz, porque reconocía en cada movimiento de su cuerpo que nunca se ponía ropa interior. No había una sola señal de que ella usara bombacha o corpiño. Estaba seguro, iba desnuda, atenta a cualquier posibilidad para sacarse el buzo y el pantalón para acostarse con el primero que se cruzase. Y allá iba, corriendo, moviendo rítmicamente cada centímetro de esa piel que yo conocía tan bien y otros mejor. Anotaba cada gesto, cada diálogo, cada cosa que hiciera en su trayecto. Me di cuenta de que tenía códigos con distintos hombres que veía en el recorrido. Como con ese mozo que siempre saludaba. Descifré que cuando era sólo “un buen día”, en realidad le estaba diciendo “dentro de dos horas te espero en el baño de damas”, o cuando era un simple “cómo le va”, el mensaje era “a la noche paso por tu casa”. De todo me di cuenta. Como cuando llegaba a esa plaza y empezaba a elongar. ¿Ejercicios? ¡Por favor!, esta hija de puta sólo se paraba a mover el culo y a elegir nuevas presas. Yo veía sus ojos. Eran como cámaras fotográficas que engordaban a cada segundo su asqueroso archivo de todos los hombres y mujeres que veía. Sucia y astuta, nunca hablaba con nadie, pero yo lo sabía, sabía que con sus ojos ella les estaba diciendo todo lo que quería, todo lo que le iban a hacer, ella era una invitación a revolcarse en su asqueroso y bien formado cuerpo. Una vez me vio. Fue a una cuadra de la plaza. Me saludó y se quiso acercar a mí, pero yo arranqué el auto y me fui. Me llamó más tarde y me preguntó por qué no la había saludado. Yo negué todo, le dije que a esa hora estaba trabajando, que era imposible que fuera yo, que se había confundido. Ella dijo aceptar lo que le decía, pero que le parecía raro. ¡Qué perra astuta, por favor! Se daba cuenta de que la vigilaba y, así y todo, no se le movía ni un pelo. Estaba tan segura de que nunca la iba a pescar y que su método para serme infiel era tan perfecto, que hasta se daba el lujo de desconfiar de mí. La seguía a todos lados. Después de correr se bañaba y se iba al trabajo. Era Jefa de Contabilidad de una empresa internacional que daba un servicio “muy importante” me explicaba, pero yo nunca me acordaba de qué se trataba. La seguía hasta que entraba al edificio. Su oficina estaba en un cuarto piso. Había ido varias veces a buscarla. Ella me presentaba a todo el mundo. “Mi novio” decía y se colgaba de mi brazo apoyando su cabeza en mi hombro. Se mostraba cariñosa y dejaba todo lo que estaba haciendo apenas me veía. No tenía límites. Era una actriz profesional, una insigne simuladora. Si no fuera por lo malvada que era, diría que hasta la admiraba. Lo que más loco me ponía era que no podía saber con quiénes y con cuántos se revolcaba en la oficina. Podía vigilarla en todos los demás lugares, pero ahí no tenía forma de entrar. Primero le pagué a un cadete para que me contara cada una de las cosas que veía, pero el muy tonto sólo me traía datos de otras compañeras de Eugenia que se acostaban todo el tiempo con sus jefes, subalternos o compañeros, pero nunca una noticia de ella. O este tipo era tonto que no se daba cuenta lo puta que era esta mujer o, simplemente, era uno más de sus amantes y lo único que hacía era venderme humo para que yo no sospechara de ella. Entendí que era esto último, por lo que dejé de pagarle y contraté a unos barrabravas amigos para que le dieran una pateadura. Pero, aunque hiciera golpear todos los días a este boludo, todavía no iba a saber lo que esta serpiente hacía esas ocho horas que se pasaba con su hermoso traje sastre y esos tacones negros cojiendo a diestra siniestra con todo el personal masculino de la empresa. Había una de sus compañeras de trabajo que cada vez que me veía me coqueteaba sin parar. Se sonreía y me besaba ruidosamente tomándome de la cara. Una vez, mientras estaba vigilando la entrada del edificio la ví. Entró a uno de esos restaurantes para ejecutivos y comenzó a comer sola. Apenas entré ella me vio, se levantó y me estampó un húmedo beso que abarco parte de las comisuras de mis labios. Me invitó a sentarme y, sólo media hora después, estábamos acostados en un hotel de la zona. La primera vez que le pregunté por el comportamiento de Eugenia en la oficina, lo hice después de hacer el amor. La zorra no me decía nada en contra de ella, todo lo contrario, se admiraba de cómo me amaba siendo yo tan hijo de puta. Me acosté con ella todos los días durante un mes, incluso los fines de semana cuando no tenía que vigilar a Eugenia en el trabajo. Empecé a cambiar de táctica para hacerla hablar. Ahora la interrogaba antes de hacerle el amor. Era como si tuviera que pagar un peaje si quería que me la cogiera. Lo mismo negaba todo y hablaba sólo maravillas de ella. Yo no sabía qué pensar, hasta que me di cuenta que ésta era tan puta como mi novia, y entre putas no se iban a delatar, ¡qué tonto que fui!, cómo no me di cuenta antes. A pesar de darme cuenta de lo que hacía, seguí acostándome con ella y seguía con mis interrogatorios. A veces se los hacía apenas la penetraba, o cuando estaba en un medio de un orgasmo, en los momentos más inesperados para que ella no pudiera inventar nada y contestarme la pura verdad, la verdad que yo bien sabía. Pero no lo conseguía confirmar. Como un soldado bien entrenado, nunca, jamás dijo nada en contra de mi futura esposa. Un día me dijo que tenía un atraso de unos días y que estaba preocupada. Ese día decidí no verla más, porque ésta, además de puta, era descuidada.
Eugenia no salía con nadie que no fuera conmigo. Yo se lo había prohibido terminantemente. Ella me había respondido que sí, que no había problema, que le encantaba que la celara. Y ella cumplía. Al único lugar que iba sin mí era a la casa de su madre, todos los viernes para cenar. Ése era el día que yo más sufría. La seguía todo el trayecto a ese barrio coqueto y me quedaba afuera en la calle esperando que ella volviera para su casa. Me daba tanta bronca que hasta su mamá formara parte de su red de engaños para acostarse con todo el mundo, que cuando estaba en el auto casi no podía respirar de la bronca. Pero fue allí que pude atraparla. Fue una noche de marzo. Todavía hacía mucho calor y ella salió para la casa de su progenitora con un vestidito suelto, sandalias con taco francés y una vinchita que la hacía verse mucho más joven. Cuando terminó de cenar bajó acompañada de un tipo. Se subieron a un auto que conducía él y de allí se fueron hasta el departamento de ella. Yo me les adelanté y cuando llegaron yo ya estaba detrás de un árbol vigilando qué sucedía. Lo vi a ese hijo de puta, lo vi cuando la iba a besar. Y ella se lo iba a permitir en plena calle. ¡Yegua de mierda! Crucé la calle puteando a los gritos y los dos se sorprendieron al verme. Le pegué un terrible trompazo al tipo que cayó al suelo. Entonces empecé a patearlo. Eugenia me gritaba: “¡Oscar, es Pablo, mi primo que acaba de volver de España!”. Yo no escuchaba, sólo pateaba. Paré cuando me di cuenta de que mucha gente había salido a la calle por los gritos. Quería seguir golpeándolo, pero pensé que si llegaba la policía y me metían preso, esa puta y su amante se iban a salir con la suya. Le pegué la última patada en los huevos y salí corriendo. Llegué a mi departamento, me encerré con llave y puse mi vieja reposera en el balcón. Abrí la botella con los dientes y me tomé de un solo trago un cuarto de su contenido. Empecé a agitarme y el corazón empezó a molestarme, no me importó nada y lo mismo me prendí un cigarrillo. Lo último que recuerdo fue cuando iba entrando el humo y el posterior ataque de tos, después de eso creo que me desmayé. Cuando me desperté estaba en un hospital. El médico que me despertó me dijo que me había dado un ataque al corazón y que me había salvado de milagro. Me explicó que tenía que quedarme por lo menos una semana en observación y, sobre todas las cosas, bajar de peso y dejar de beber alcohol y fumar. Antes de irse, el “doctor” me señala los pies de la cama, en donde se la ve parada a Eugenia. “Tenés suerte de tener una mujer así - señalándola y haciéndole señas para que se acercara -, esta señorita te encontró casi muerto, si no fuera porque se fisuró el hombro para romper tu puerta, vos no contás más el cuento”. El tipo la abraza a Eugenia y ella acerca su cara sonriente. La miro y le digo: “Gracias… gracias…, puta de mierda”.
¿Che, está frío acá o mí me parece? Estoy medio pálido. Debo parecer un sachet de leche, jajaja… yo y mis boludeces. Pero estamos en verano. ¿Qué mes era, enero o febrero? No me acuerdo bien. El que sea, odio el puto calor. Siempre transpirado o metido en algún lugar con aire acondicionado, y cada vez que salís a la calle te resfrías. Bueno, por lo menos ahora no me tengo que preocupar por eso. Los que he visto hasta hora están todos de manga de camisa. ¡Qué lo parió! Ya nadie usa traje para estas ocasiones. Es como si todo esto se hubiera vuelto más normal, mas “social” como le dicen ahora. Vamos a terminar como los yanquis de las películas que después de volver del cementerio, se juntan a comer y charlar como si nada. Tal vez sea mejor, tal vez ellos lo ven como algo más natural. A mí me gusta más al estilo nuestro. Llorar a moco tendido, toda una tragedia. Peleas por la herencia y minas que lloran a su amante casado. Escenas así me gustan a mí. Me acuerdo que con el Negro siempre nos sentábamos en una esquinita y nos poníamos a hablar huevadas. ¡Nos cagábamos de risa! Una vez se había muerto la mujer de no se quién y, como siempre, nos juntamos con el Grone a contar chistes. Un tipo que nos escuchó al pasar, acercó una silla y empezó a contarnos los suyos. Bárbaro el tipo, un hijo de puta. No eran verdes, eran morados. Y nos empezamos a reír fuerte. Estábamos medio tocados con ese anicito turco que servían y habíamos perdido la noción de dónde estábamos. “… y la mina le decía… papí quiero comer caca…”, contaba el extraño y nosotros jajajaja. “… sí papi…, pero que sea tuya…”, jajaja, seguíamos subiendo el tono y ya no podíamos disimular más nuestro estado etílico. Estaba por terminar el chiste de la “antojada” cuando un chico de unos 15 años se acercó y le dijo: “Papá… baje un poco la voz…, hágalo por respeto a la mamá”. El padre se sonrojó, nos saludó y se fue con el muchacho. Nos causó tanta gracia la situación que con el Negro nos fuimos a las carcajadas esquivando coronas y otros arreglos florales para la ocasión.
¿Che… acá nadie se ríe? La puta que lo parió, me parece que ni el Negro vino.
EL GORDO SAPO by rabbit
