Un piquete para Papa Noel
Basicamente y como argentino que soy, creo que soy una persona que tiene la mente abierta a todo lo que viene de afuera. Es decir que haciendo uso de esta cualidad que tiene nuestro ser nacional de ser el producto de un “crisol de razas”, disfruto y aprendo de muchas costumbres y tradiciones de otros países. En muchos casos no adhiero a ellos para hacerlos míos, pero eso no quiere decir que no aprecie detalles y mensajes que me parecen interesantes de otras culturas. Por ejemplo me gusta mucho la informalidad y la alegría que tiene la fiesta brasileña, el esfuerzo que realiza Perú para rescatar a sus indígenas o la falta de doble discurso con la que andan por la vida los españoles. Pienso que esas “formas de ser” son interesantes y pueden ser viables para mejorar la nuestra. Lo que no soporto desde ningún punto de vista son algunas tradiciones marquetineadas que llegan desde todo el mundo y que solo tienen el propósito de montar un negocio alrededor nuestro. Por supuesto que me refiero a las más obvias como Halloween (Noche de brujas) o Saint Patrick’ Day (el día de San Patricio, patrono de Irlanda), que últimamente se han visto en el país (sobretodo en la Capital Federal), que a ojos vista son solamente una oportunidad para realizar todo tipo de negocios y en el segundo caso solo una excusa para beber hasta terminar tirado en una calle.
Pero estas “tradiciones importadas” solo hacen nido en grupos encriptados de tilingos que luego de festejarlas un tiempo, se cansan de ellas y finalmente adoptan “nuevas tendencias” que seguramente los harán más felices que las anteriores. Es decir, hacen ruido, molestan un poco, pero tienden a ser pasajeras.
Las “importaciones” de este tipo que realmente me molestan, son aquellas que vienen a reemplazar las tradiciones que ya teníamos los argentinos. Para ser claros, no se si de todos los argentinos, pero por lo menos de gran parte de la gente que yo conocía en Córdoba durante mi infancia y adolescencia. Me refiero a la figura de Papa Noel, Santa Claus o San Nicolás, como le llaman a ese gordo barbudo, todo abrigado que en pleno Diciembre dicen recorre todo el mundo repartiendo juguetes. Quiero decir que este tipo realmente me molesta y no tan solo por todas las cuestiones incoherentes que representa, sino por que vino a desplazar de mi mente infantil a mi querido “Niñito Dios”. Yo crecí con este apelativo. A mí los regalos me los traía el “Niñito”, no este hombre que dicen que entra por las chimeneas cuando en mi barrio debe haber existido una sola casa por cuadra que tuviera este tipo de construcción en sus comedores. Para mi y mis hermanos era la representación de Jesús recién nacido. De Dios hecho hombre en la Tierra. Y no lo digo en el sentido religioso que estas palabras implican, sino en el sentido mágico que a mi parecía que tenía todo esta situación. Y sin ir más lejos me pueden decir que lugar ocuparía este señor vestido de rojo en el pesebre de Belén. Y por supuesto que no quiero una discusión histórica con respecto a las génesis de estas tradiciones. A lo que me refiero es que me resisto que esa parte tan importante de mi vida sea borrada de un plumazo publicitario que solo pretende crear un mercado más accesible y una sospechosa igualdad con el resto del mundo.
Me dirán a favor de este obeso personaje que también tiene magia y que su historia es divertida, y que a pesar de ser netamente foránea causa impacto en los chicos y les crea la ilusión que necesita la Navidad. Pero lo que yo me pregunto es: ¿cual era la necesidad de reemplazar lo que ya teníamos con este señor que si se abriga tanto en verano va a terminar muerto por un ataque de presión en el techo de alguna casa? Además, para aquellos que tienen un sentido religioso de esta festividad no les debe causar mucha gracia que el nacimiento de Jesús sea reemplazado por la llegada de este San que no es santo y que viene de la lejana Laponia. Y no se trata de diferenciar entre lo religioso y las tradiciones, sino en lo que es nuestro y lo que no. Porque cuando yo era chico la religión y las tradiciones iban juntas, y aunque a lo largo de la vida me hice ateo, todavía añoro los pesebres gauchos, en donde la Virgen María tenía trenzas y era una china guapa, y José era un gaucho hecho y derecho que cuidaba el pesebre del “Niñito Dios”.
Y es por todo esto, por lo que no me gusta este gordo y por lo que extraño a mi “Niñito Dios” que propongo la resistencia. Una resistencia argentina y bien criolla. Que se haga de distinias maneras y por todos lados. Desde un piquete (una de las nuevas tradiciones nacionales) en las rutas de acceso del trineo, hasta clausurar todas las chimeneas argentas para que el barbudo no pueda bajar y poder gritarle desde nuestra ventanas un irónico “¡Feliz Navidad, Jo, Jo, Jo!”.
EL GORDO SAPO
Julieta dijo
Y... pero si lo analizamos bien, no es papa noel el primero de por si, se gastan millones en la comida de Navidad, porque nacio jesus... Y la iglesia es el mejor negocio de todos los tiempos.
Esta bueno lo que pusistes, y yo que estoy lejos de argentina, y aunque tambien soy atea hoy... Extraño esos pesebres-.
16 Diciembre 2005 | 02:05 PM