El fallido centro de Julio y la orden de mamá
Corría el año 1990, más precisamente el Mundial Italia 90. Coincidirán conmigo que la Selección Argentina no era de las más virtuosas en aquel momento, pero a pesar de ello, aquel equipo, generó en mí un apasionamiento que nunca mas sentí.
Nos juntábamos en casa a ver los partidos con Sergio, el negro Sandoval y Julito. El Gordo (acabo de hablar por teléfono con él para corroborarlo) si bien estuvo en Córdoba en esa época, quizás huyendo de su Santiago querido, no participó en la historia que aquí se relata.
Como decía; nos juntábamos a ver los partidos en mi casa, para lo cual seguíamos fielmente algunos pasos:
1- Prender velas al pequeño altar construido para tal fin en la cocina de mi casa en honor a la Virgen María.
2- Rezarle y pedirle con mucha fe que se cumpliera nuestro deseo de que a Diego se le mejorara el tobillo y que el Goyco ataje los penales (Nuestro ruego falló una sola vez – léase también Codesal ¡¡¡Hijo de Puta!!!)
3- Obviamente sentarnos en los mismos lugares y con la camiseta Argentina puesta
4- Mi vieja regando las plantas al fondo con mi sobrinitoLeandrito acompañándola
5- Abrazarnos y besarnos luego de un gol Sergio con el Negro y yo con Julio
6- En los penales (que fueron muchos) repetíamos el ritual del punto 5 pero nuestra pasión indominable le agregaba lágrimas.
Una tarde en la que el resultado había dicho Justicia (Que pasooooooó Totó Schilacci???... Guarda Zenga que Cani te la peina al segundo palooooo!!!... Chau Italia!!!) Decidimos salir a patear unos centros a la calle. En aquel entonces mi calle era de tierra, y la máquina hacia un buen rato que no pasaba a arreglarla (los que vivieron o viven en calles de tierra entenderán de lo que estoy hablando), es decir, la calle estaba destruida, con pozos traicioneros llenos de polvo, lo peor de lo peor, pozos ocultos.
El negro Sandoval iba al arco (2 hermosos olmos que aún hoy franquean la entrada de la cochera hacían de portería), Sergio tiraba los centros de la izquierda, yo los de la derecha y nuestro “monumental” 9 de área era el Comandante Julio Meza. Vale aclarar que de los 4 citados el único que tenía algún compromiso ese día era Julio (tenía clases en la facu) para lo cual estaba impecablemente vestido con zapatitos lustrados, pantalón de vestir y una camisita blanca perfectamente planchada, digna de algún comercial de jabón en polvo.
Hecha esta aclaración fundamental, continúo...
Sergio y yo tirábamos centros que el negro Sandoval descolgaba sin oposición. Julito, pintado, veía pasar la pelota a un metro y medio del piso sin poder dar con ella hasta que luego de 10 minutos de no tocarla dijo “¡Che... c...ados tiren mas bajo!
Carcajadas generales.
5 minutos más y nada. “¡¡¡Astor, cambiemos así la toco!!!”. “Cagate p...tito” fue mi respuesta. “Dale c...ado” imploró. Cambiamos. Se la dimos, el la piso como si supiera, parecía Dieguito Maradona (en la época del Alfajor Dieguito) o mejor aún – la ocurrencia de Sergio fue suprema – “Dale gordo Shifo... (Burlándose de la silueta de nuestro amigo y comparándola con el apellido del otrora ilustre jugador belga).
Nuevas carcajadas generales pero esta vez teñidas de burla.
Julio cagándose de risa, también, se la fue llevando para el “corner”. La acomodó. Tomó carrera y en vez de meter el centro intentó salir jugando (ese fue su error) la pisó, amagó, trastabilló y cayó sin contemplaciones con su camisita blanca impecablemente planchada a un demoníaco pozo que lo esperaba llenito de tierra suelta.
Nunca en nuestras vidas nos cagamos tanto de risa, y cuando se levantó para que te cuento. Nos recontra recagamos de risa peor. Parecía una bolsa de tierra el hijo de puta, tenía tierra hasta en el culo, la camisita, ahora de color marrón estaba impresentable.
“Noooo c...ado... Tengo que ir a la Facu”- atinó a decir.
Para que... ¡¡¡JA...JA!...JA!!! “Gordo Puto...” “Tirate de nuevo... JA! JA! JA!
Fueron los minutos más increíbles. Risas, burlas, carcajadas y más burlas.
En ese preciso momento se abrió la ventana de la cocina. Era mi vieja. No se lo voy a perdonar nunca. Dijo: “Astitor... dejá de pelotudear... agarrá la pelota y vení adentro a cuidar a tu sobrino.
Eso hice.
Las carcajadas se intensificaron. Nunca logre distinguir si eran por la caída de Julio o por mi obediencia.
Astor

Sergio dijo
Me acordaba de la historia, pero no con tantos detalles, cuando llegué a la parte del ritual ya me estaba cagando de risa!!!!!
Un abrazo, el Negro Sergio.
28 Diciembre 2005 | 06:34 PM