Publicidad:
Terra
La Coctelera

La página del Gordo Sapo

Aquí se relataran las desventuras de 5 amigos cordobeses: El Gordo, Astor, El Negro Sergio, Julito y el Negro Sandoval. También encontrarás los delirios de este autor que de repente encontró sus ganas de volver a escribir

16 Agosto 2006

LA UNICA VEZ

Yo no sabía que estaba mal. Tenia siete años y el era el Tata, mi abuelo. El me llamaba para el cuartito de las gamelas y allá me encerraba. A mi no me gustaba, como no me gustaba la siesta, como no me gustaba tener que trabajar en verano, pero igual obedecía. Yo creía que todos los chicos lo hacían. Que mis amigos de las otras fincas también lo hacían, pero no decían nada porque era feo. Siempre que salíamos del cuartito, mi mama me esperaba y me llevaba al pie de la acequia y me bañaba todo con un tarrito. Y así desnudito me quedaba un rato largo abrazado con la vieja que me apretaba fuerte. Cuando volvíamos a la casa, la abuela me miraba y no decía nada, bah, nunca decía nada. Apretaba esa boca sin dientes y sin disimular escupía en la tierra. Una vez que salíamos de estar encerrados con el Tata, mi mama se le tiró encima y le empezó a pegar y rasguñar al viejo. La tiro en el suelo y empezó pegarle patadas, y la mama gritaba y yo lloraba. “No le pegue tatita, no le pegue tatita”, le rogaba. Cuando sintió un crack en la pierna, el viejo se frenó. “Ahora ya sabes quien manda, mierda”, fue lo último que dijo. Yo trate de levantarla a la mama, pero me decía que no podía que le dolía mucha la pierna. Lo llamé al Félix, el peón de la finca, y sin que dejara de gritar de dolor, la subimos a la moto. Cuando volvió a la noche tenía un yeso blanco que le cubría toda la pierna. La ayude entrar a la casa y cuando se cruzó con el Tata, ni siquiera se miraron a los ojos.
Yo le tenía bronca al Cabezón. Siempre nos miraba de arriba el copetudo. Se creía que porque había vivido en el pueblo un año con unos tíos, era mejor que nosotros. Se hacía el interesante y andaba todo el día con una camiseta de Boca que decía que se la trajo su primo de Buenos Aires y que era la misma que usaba Tevez. Mentira, ese piojoso seguro la compró en la Terminal por dos pesos. Pero más bronca le tuve al Cabezón ese el día que jugábamos el partidito frente a la escuela, mientras el maestro lavaba la ropa. Yo no me había dado cuenta pero el pantalón blanco que nos había regalado el intendente aquella vez de los votos, lo tenía todo manchado de sangre en la parte de atrás. Este desgraciado en medio de todos los chicos se empezó a reírse y señalándome la cola me decía: “Puto, puto, puto, jajaja, putito, putito, mírenlo al putito”. Yo mucho no entendía que me decía, pero era una de esas palabras que mi mama me pegaba en la boca para que no las repitiera. Me dio una bronca que lo empece a seguir por todo el campito. Corría para atrás y se me reía en la cara. Más calentura tenía yo. Juntaba piedras del piso y se las tiraba. Las esquivaba y seguía a las carcajadas. En un momento se tropezó y ahí me le fui arriba. No me había dado cuenta del griterío de los otros chicos y tampoco cuando el maestro nos separó. Tenía tanta bronca que estaba ciego. Después de un rato, que me calme, el maestro me reviso y se sorprendió cuando vio un hilito de sangre que me salía de la cola. El maestro, un santiagueño buenazo, me acompañó a mi casa y pidió hablar con mi mama. Mi abuelo le dijo que hablará con él, que la “niña” estaba en los parrales. Mentira. Salieron para afuera, al lado de la huella y conversaron un ratito. El Tata lo despidió con unas palmadita al maestro que se fue tratando de mirar para adentro a ver si había alguien más en la casa. Cuando entró el abuelo, mi mama murmuró “viejo falso, viejo taimado”, despacito, como si se lo estuviera diciendo a ella misma.
Cuando vino el cabo Mattos no estaba el Tata así que lo atendió mi mama. El policía dijo que el maestro había andado por la subcomisaría y que le había dicho cosas raras con respecto a mí. “¿Qué cosas?”, le preguntó mi mama. “Esta bien el niño, ¿no es cierto?” insistía el cabo. Mi mama bajaba la cabeza y la miraba a mi abuela sentada al lado del brasero. La vieja se le encendían los ojos como si fuera a decir algo. Algo iba a pasar en ese momento, yo me daba cuenta, las dos mujeres iba a hablar de algo muy importante. Todo se cortó cuando se escuchó la vos del Tata que lo saludaba a Mattos casi a los gritos. “Venga cabo, pase vamos a tomar un vinito patero con unos chorizos que hice el otro día”, le decía el viejo mientras se llevaba al policía para la cocina y fulminaba con una mirada a mi vieja y a la abuela, que volvió a escupir en el suelo. Estuvieron un largo rato los dos hombres meta comer chorizo con pan y tomando un tinto que era “pegador” decía Mattos. Como siempre el tema eran los chanchos y el chiquero de mi abuelo que era famoso en la zona. Así pasaron las horas, hasta que se hizo bien de noche y el cabo empezó a irse. Estaba recurado y la pistolera blanca se le cruzaba para todos lados al pobre. Cuando se iba a subir a la moto, me sacude el pelo, se agacha un poquito y me mira. “Hacele caso al abuelo pendejo, chau”.
Estaba por cumplir los ocho, cuando esa tarde el Tata me llamó para el cuartito. A mi eso no me gustaba nada, ya me había cansado y me parecía que a los otros chicos no les hacían hacer esto. “No”, le dije, “no voy”. Ni respondió, me agarro del brazo y me arrastró como un atado de leña para el cuartito. Adentro me pegó dos cachetadas que me dejaron medio mareado. “Chico de mierda, quedate callado o te voy a moler a golpes”, me dijo mientras ponía el candado a la puerta. Cuando salí esta vez no podía parar de llorar, mi mama me abrazaba más fuerte que nunca. La abuela estaba con la cabeza gacha y se persignaba cada tanto. Fue una noche larga, porque a mi se me secaron los ojos y lo mismo tenía ganas de llorar. Era algo muy feo y hasta se me cortaba la respiración. Mama se acostó conmigo y mientras me curaba los raspones que iban de la espalda hasta las piernas me dijo al oído: “esta es la última vez”.
Al otro día cuando el Tata se fue para los parrales, la mama me llamo y me dio un cuchillito. “Cuidado que es muy filoso, es para la próxima vez que tu abuelo te llame”, me dijo y después me enseñó lo que tenía que hacer. Así, rapidito, con el filo para arriba y después salir corriendo y tirar el cuchillito en la acequia que en esa época venía con mucho agua de deshielo.
A los dos días el viejo me llamó y me hizo seña para que lo siguiera. Yo ya sabía que iba a pasar, pero como dijo mi mama “esta era la última vez”. Había puesto el cuchillito entre unos cartones cerca de la puerta del cuartito. Cuando el Tata se dio vuelta para bajarse los pantalones, lo saque y lo agarré bien fuerte con las dos manos. Cuando el desgraciado se paró frente a mí con todo la cosa afuera colgando, mi movimiento fue instantáneo. El alarido y la sangre salieron al mismo tiempo. Yo salí corriendo del cuartito en busca de la mami. Las dos mujeres salieron a ver que pasaba. Pegaron un grito cuando lo vieron salir todo ensangrentado en la entrepierna. Le salía mucha sangre y a la vez que puteaba, se dirigía hacia nosotros. Mi mama dio un paso para adelante, pero mi abuela la paro con el brazo. La vieja se adelanto y lo agarró al viejo por la cintura y lo empezó a llevar para la casa. “¡Curame Delia, curame que me muero!”, lloraba el Tata. La abuela lo iba llevando, pero cuando nos dimos cuenta en vez de ir para la cocina dobló para el lado del chiquero, nos sorprendimos. Cuando llegó a la empalizada lo apoyó al viejo y lo miró fijamente: “Los chanchos van con los chanchos”, y lo empujo. Después yo solo sentí el griterío, pero seguro que los chanchos se deben haber vuelto locos con toda esa sangre. La mama me tapo los ojos y me llevo para adentro.
Esa misma noche mi mama y yo nos vinimos para San Juan, donde ella empezó a trabajar en la casa de un bodeguero. A mi abuela no la vi. nunca más, supe que en el diario salía su nombre, pero la mama no me dejaba ni verlo. Con el tiempo me fui olvidando de todo y hasta las heridas mas profundas sanaron. Lo único que nunca pude olvidar durante toda mi vida, fue que en esa tarde de abril escuche por única vez la voz de mi abuela.

EL GORDO SAPO

servido por omar 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Carlos

Carlos dijo

Sabia que en algún momento las palabras que habitan en vos volverian a aflorar.
Para mi es un deleite leerte, tal vez me anime y escriba algo.
¿Te diste cuenta? las palabras no saben del exterior... se manifiestan y en algunos casos liberan los demonios que llevamos dentro.

17 Agosto 2006 | 06:31 PM

Astor

Astor dijo

Al igual que Carlitos, tambien para mi es un placer leerte.
Excelente la forma de ponerle ingenuidad a esta historia terrible.

28 Agosto 2006 | 11:25 PM

Escribe tu comentario


Sobre mí

Avatar de omar

La página del Gordo Sapo

Córdoba, Argentina
ver perfil »
contacto »

Últimos comentarios

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera