LA PRIMERA VEZ
Hago fuerza para abrir los ojos. No siento nada. Parece que no hay nada a mí alrededor. ¿Estoy en mi casa, en mi cama, en donde estoy? No me acuerdo de nada. Me siento livianita, como en el aire. El sueño me vence, mis ojos se van a cerrar de nuevo. Como me cuesta estar despierta. Espero que el Maxi y la Vero estén con mi mama. Los tenía que ir a buscar a la nochecita. ¿Qué hora es? Me voy a tener que levantar para ir a buscarlos. Son tan buenitos los dos que seguro que no se quejan de que voy a llegar tarde. Después de todo lo que han pasado, todavía siguen enteritos los pobres. Las peleas, el divorcio, los tribunales, los abogados, las falsas acusaciones. Mira si voy a ser drogadicta yo, como se le ocurre a este imbécil. Es como si nunca me hubiera conocido. Todo porque se fue con esa pendeja y me dejo con los niños y nunca me quiso pasar un centavo. No tengo problema que no me quiera más, ¿pero los chicos que culpa tienen? Y eso porque nunca me dejo a salir a trabajar, que si yo hubiera tenido mi propia plata, no le pido nada. Bueno la estupida fui yo que me deje manejar sin darme cuenta lo que podía pasarme y ahora sola en el mundo el único trabajo que consigo es de empleada doméstica. No me quejo porque con las dos casas que limpio me alcanza para el alquiler y la comida. Pero nada más. Sí hace como dos años que no me compró ni un trapo. Hasta la perrita tuve que regalar porque no tenía para darle de comer.
Voy a ver si me puedo mover un poquito porque ya me voy a tener que levantar. ¡Uy! Como me cuesta. Hasta me agito. Esto nunca me había pasado. Estoy muy cansada. Me voy a quedar quietita hasta que recupere el aliento. Eso tendría que haber hecho: “haberme quedado quietita” y no juntarme con ese tarado que solo me complicó la vida. Cuando lo conocí ya llevaba casi un año de separada. Lo vi. en el baile que me llevo mi hermano. Era grandote y se veía que me llevaba varios años. Lo primero que pensé que bueno sería que un hombre hecho y derecho se fijara en mí. Estaba harta de pendejos que solo querían joder. Yo quería alguien que me acompañara, que me apoyara, estaba cansada de hacer todo sola. Hasta que me miró. Y yo no aflojé y le devolví una sonrisa, y ahí empezó todo. Tenía 44 años, es decir unos veinte más que yo, pero no los aparentaba. “Mucho gimnasio”, me explicó, por eso se conservaba bien. Tenía un kiosco en la ruta y andaba en un auto nuevo, que no era 0 KM, pero que según él “lo cuidaba más que a la madre”. Esa noche no paso nada, pero al día siguiente apareció por la casa de mis viejos porque se hizo amigo de mi hermano. Almorzó con nosotros y compartió como uno mas, compró helados para los chicos y todos quedaron encantados con él, sobre todo mi papá que veía en este hombre la solución para mi vida. A la tarde me llevó con el Maxi y la Vero al zoológico, y mientras los chicos daban una vuelta por el trencito, me robó un beso. A la noche no me aguanté más, lo llamé a un amigo para que me cuidara los niños y me fui para el kiosco. Conversamos un ratito y sin darme cuenta ya me había hecho pasar al otro lado del mostrador. Un beso, trajo otro, y una caricia, otra y no se que más, lo único que me acuerdo que bajó la ventanita del negocio y nos quedamos ahí toda la noche.
Siento como si estuviera mojada, pegajosa. ¿Qué será este líquido espeso que tocó con mis manos? Casi no puedo abrir los ojos. ¿Es negro o es marrón? No puedo distinguirlo. Me duele la cabeza. Mejor no hago más fuerza para mirar que es eso o no me voy a levantar más. ¿Qué hora es, los chicos se abran dormido? Que mala suerte que tengo, no lo puedo creer. Recuerdo que creí que mi destino había cambiado un poco cuando logré alquilar ese departamento para irme a vivir con mis hijos. Estaba feliz por mi independencia, pero sobre todo estaba feliz porque el pasaba mucho tiempo conmigo. Ya no estaba sola. Además los chicos lo adoraban. Siempre venía con un regalo para ellos y para toda la familia. Un vinito para mi viejo, unas revistas para mi vieja, una remera para mi hermano, todos estaban contentos con el “novio”. Todo iba bien y yo me imaginaba un futuro glorioso junto a él. Pero no fue así, nunca me pasa nada bueno a mí. A los seis meses de haberlo conocido, noté el primer atraso. ¡La puta que lo parió!, justo a mi que estaba tomando las pastillas. Nunca me había cuidado tanto. No podía creer mi mala suerte. Después de la desesperación, traté de pensar mas tranquila que iba a hacer. Traté de ser positiva y pensé que lo bueno que era él con hijos ajenos, seguramente se pondría muy contento cuando le diera la noticia de que iba a ser padre. Me aferré a esa idea y esperé un poco hasta poder confirmar el embarazó. Cuando no tuve dudas, fui hasta el kiosco y se lo conté. Primero se sorprendió y luego me abrazó y volvimos a pasar la noche haciendo el amor en el piso del negocio, como la primera vez. Que alegría tenía. Al fin algo me salía derecho. Pero, como siempre, todo se desbarranco a los pocos días.
No puedo creer que no puedo ni moverme. ¿Qué me habrá pasado? Por mas que pienso no puedo acordarme. Se que me junté con mi hermano porque me tenía que dar algo. Pero eso fue al mediodía, y ahora ¿qué hora es? No me siento bien, pero estoy tranquila. Es una sensación muy rara. Pocas veces me sentí así, como perdida, como olvidada. También me sentí mal ese domingo cuando “el novio” apareció en la casa de mis padres. Estaba serio, no le sonrió ni siquiera a mi viejo. No se sentó, me miró fijamente y lo único que dijo fue: “ese chico no es mió”. Y después el silencio. Yo no entendía nada, ¿que le pasaba?, ¿se volvió loco?, ¿cómo que no era suyo? “No es mió y si lo queres tener yo no me voy a hacer cargo”, dijo en voz alta delante de todos. Mi papá trato de calmarlo y llevarlo para adentro para conversar tranquilos. Lo empujó con el brazo y empezó a gritar: “Yo no me hago cargo me entendés y si me jodés me hago un ADN para demostrar que no es mió”. Me largue a llorar y casi suplicándole le preguntaba: “¿Qué te han dicho, quién te ha mentido? Es tu hijo, te lo juro por Dios?”. Mis hermanos lo sacaron a la fuerza de la casa mientras repetía a los gritos lo del ADN. Cuando se fue, todos quedamos en silencio. Nunca me voy a olvidar la mirada de mi viejo, no me dijo nada, pero con los ojos me culpaba de una forma que me hizo sentir la peor mujer del mundo. Sin dejar de llorar, agarré a los chicos y me fui al departamento. Cuando me tranquilicé lo único que podía pensar es como iba a salir de semejante quilombo.
La cabeza me pesa mucho. Hago fuerza con el cuello y no logro moverla. Intento empezar un movimiento desde las piernas, pero no las siento. Aunque ya reconozco el lugar, es mi pieza, mi cama, todavía no entiendo porque estoy en este estado. ¿Habré tenido un accidente? ¿O solo estoy durmiendo y lo único que hago es soñar? Lo que si sé, es que mi vida se convirtió en una pesadilla después de ese domingo. Mis viejos no me hablaban y “el novio” desapareció hasta del kiosco. Sola y con más de tres meses de embarazo tuve que tomar una decisión: No lo iba a tener. No podía hacerlo, en este momento en vez de ser una bendición iba a ser un problema sin solución. Si lo tuviera iba a tener que buscar mas trabajo, ¿y quién me iba a mantener después del parto? En las casas que trabajaba era todo en negro y por más que se apiadaran de mí y me dieran unos pesos, seguramente iban a tener que buscar otra persona para que hiciera mi trabajo. Además a esta gente los únicos problemas que le importan son los propios, todos los que estamos cerca suyo tenemos que ser invisible sino nos borran de un plumazo. ¿Y como lo iba criar, en que tiempo iba a estar con él? En la noche, cuando llegara toda cansada, sin ganas hacer nada, solo de dormir. Para colmo el Maxi empezaba la primaria y estaba todo nervioso por todo lo nuevo que le iba a pasar. La Vero seguía en prejardín, pero siempre la tenía que tener controlada por el tema del asma. Lo que era seguro que no le iba a pedir ayuda a mis viejos, no me iba a aguantar otra mirada acusadora de mi viejo. Me las tenía que arreglar sola y ni loca iba a tener otro hijo para que lo criaran en una guardería. Estaba decidida, no lo iba a tener.
Casi no escucho los latidos de mi corazón. Trato de concentrarme y lo único que siento es un latido muy alejado del otro. Sin fuerza, sin ritmo, es como si todo fuera en cámara lenta. Mi respiración es suave, los pulmones casi no se mueven y siento que el aire que entra a mi cuerpo va disminuyendo poco a poco. Como si algo se fuera a terminar. Esa era mi idea cuando tomé aquella decisión: terminar cuanto antes con esa historia. Una farmacéutica amiga me vendió una pastillas, que según me dijo iba a provocar unas perdidas que iban a terminar con el embarazo. A los dos días de tomarlas, sentí los primeros síntomas. Dolor de vientre y mareos que solo produjeron un hilito de sangre. Me pareció que las pastillas no hicieron efecto y antes de cumplir los cuatro meses me fui a la Maternidad Provincial para hacerme unos exámenes. Allí los médicos me confirmaron el embarazo y me aseguraron que había tomado ese medicamento demasiado tarde como para que hiciera efecto. Me volví a desesperar y no sabia que hacer. Una prima me recomendó una doctora que “se encargaba de estos casos” y a la que ella había ido cuando era más chica. Llame por teléfono y una mujer me dio la dirección y me dijo que normalmente estos trabajos costaban unos 500 pesos. Hice una cita para ese martes a la mañana y empecé a buscar a alguien que me prestara esa suma para poder terminar cuanto antes este drama. Hablé con muchos conocidos, pero a ninguno me animé a decirle para que era. Al fin me decidí y, hablé con mi hermano, que durante un buen rato escuchó la historia que había inventado para el caso. Cuando terminé, me miró y me dijo que fuera temprano a la mañana que me iba a dar la plata. Al otro día me esperaba en la esquina de la casa paterna. Apenas me vio, me metió un sobre de papel en la cartera, me abrazó y me dijo al oído: “¿querés que te acompañe?”. Le dije que no con la cabeza y con lágrimas en sus ojos, me dio un beso y se fue.
En mi cabeza solo hay recuerdos lindos en este momento. Cuando corríamos con mis hermanos a la orilla del rió. Cuando mi papa se compró el primer auto. Mi fiesta de 15. Cuando nació el Maxi. Es como si mi mente me guiara hasta recuerdos placenteros para hacerme sentir mejor. Para salir de este sopor que me envuelve y me tiene totalmente confundida. Es como si estuviera en el umbral de algo importante que va a suceder, pero sin saber que es. Al llegar toque el timbre y me entendió una señora gorda de unos sesenta años o mas. No me dijo nada y con una seña me hizo pasar. Un comedor simple con unos sillones marrones y una pequeña mesita era todo el mobiliario de ese lugar bastante oscuro por las ventanas tapadas con papel de diario. En las paredes se veían varios diplomas y fotos de personas que posaban en hospitales o consultorios. La mujer se identificó como la “doctora” y me empezó a preguntar todo sobre mi caso. Cuando le dije que estaba de cuatro meses, se puso nerviosa y me dijo que ella no podía hacer el “trabajo” de un embarazo de tanto tiempo. Yo le insistí y le rogué porque no tenía otro lugar a donde ir. Después de un rato de súplicas, la mujer me dijo que lo haría, pero que un trabajo de esa magnitud era más caro, que en vez de 500, iban a ser 800 pesos. Yo dude un segundo, pero después me acordé que tenía la plata del alquiler. Junté todo en el sobre y se lo di. Me hizo esperar unos minutos en la “sala de espera” y luego pasé a un cuarto blanco y chiquito en el que solo había una camilla con estribos y una mesita con unas cajas metálicas. Me acostó y lo primero que hizo fue ponerme un suero en el brazo. “Te vas a dormir de a poco mamita, pero no te preocupes que no es nada”, me dijo. Mientras me empezaban a pesar los ojos, la mujer me seguía hablando: “lo que pasa que es muy difícil hacer uno de cuatro meses, tenés que tener muy buen pulso para raspar y yo casi no me animo porque estoy grande”. Mientras ella me explicaba lo que iba a hacer, sentía como mi cuerpo perdía todas sus fuerzas. “Además en estos casos se necesita mucha anestesia para que no sientas nada mamita”, fue lo último que le oí decir cuando me quedé dormida.
Ya no escuchó nada a mi alrededor. El silencio es apabullante. Todavía no se que me pasó y por mas que lo intento ese recuerdo tarda mucho en llegar a mi. Me parece que cada vez hay más de ese líquido. Esta regado todo alrededor de mi vientre. Por un segundo siento que lo voy a lograr. Son como pantallazos, pequeñas y rápidas imágenes me sacuden y en solo segundos comienzo a ver todo. Me desperté sobresaltada, un gran dolor dejaba su eco dentro mió. La mujer puteaba y llamaba a alguien. “Trame algodón, rápido pelotudo, rápido”, le gritaba a un hombre que acababa de entrar a la habitación y me miraba desesperado. Cuando volvió traía una bolsa enorme blanca. De su interior la “doctora” sacaba algodones en bolitas que yo sentía que empujaba con fuerza. “Está todo bien mamita. No fue nada, ya vamos a terminar”, mientras continuaba metiendo algodones en la zona del “trabajo”. Cuando se calmo un poco la mujer, miró al hombre y con una seña hacia mi ropa que estaba sobre una silla, le dijo “empeza a vestirla”. Yo estaba mareada y casi no sentí nada cuando el hombre me ponía la bombacha. La mujer apareció de nuevo por otra puerta y esta vez venía cambiada con otra ropa. “Ya está mamita, ya te podes ir a casa”. No se como me bajé de la camilla, lo cierto es que en un segundo me encontré en la puerta de esa casa. “¿En que te vas mamita, en ómnibus?”. Asentí con la cabeza y volví apoyarme sobre el marco de la puerta. “No, así no podes irte en ómnibus, ¿no tenes plata para un taxi?, bueno no importa, yo te lo pago, haceme un favor llama un taxi”, le dijo a su acompañante que todavía seguía nervioso. Cuando subí al auto solo tuve fuerzas para darle al chofer la dirección. Después casi pierdo la conciencia, solo me despabile cuando llegamos a la complicada entrada del Marqués, debido al caos que había en la ruta por el nudo vial. Cuando me bajé en mi casa, lo último que escuché del taxista fue una queja por una mancha o algo así. Entre al departamento y apoyándome en las paredes llegué hasta mi cama...
…Ahora si recuerdo todo
¿Qué estarán haciendo los chicos, estarán nerviosos, me extrañarán? Yo ya me siento mejor. Percibo un dulce aroma que me rodea y ya no tengo ganas de hacer fuerza para abrir los ojos. Me relajo definitivamente, la luz se apaga del todo y cuando el sueño me envuelve totalmente, me doy cuenta que por primera vez en mi vida ya puedo dejar de luchar.
EL GORDO SAPO