Publicidad:
La Coctelera

La página del Gordo Sapo

Aquí se relataran las desventuras de 5 amigos cordobeses: El Gordo, Astor, El Negro Sergio, Julito y el Negro Sandoval. También encontrarás los delirios de este autor que de repente encontró sus ganas de volver a escribir

« El tema | Inicio | Canción »

10 Noviembre 2007

El hombre que quería morirse (novela en trance). Capítulo I "Pau, pau, pau"

Sentado prendí el enésimo cigarrillo desde que llegué a ese maldito shopping. No escuchaba –qué raro en mí-, sólo pensaba qué estaba haciendo ahí. Porque otra vez estaba en un lugar que no quería estar. Esa maldita costumbre de acomodarme a lugares, a personas, a sonidos que ni siquiera me gustaban. Era como salir a probar siempre, era como estar a la deriva y buscando un puerto en donde acomodarme. La marea inquieta era mi única salida, y así como partía, solo, volvía sin alegría en mi cuerpo. Le iba a dar un final a todo esto, de una buena vez terminar con todo, escapar a la nada. Lo desconocido estaba sobrevaluado. La impertinencia de la oscuridad también. Iba a terminar por fin. Estaba decidido. Hace calor y todavía no se qué mierda hago acá. Es una parrillada coqueta, no como ésas a las que iba cuando laburaba. Ésas que estaban abiertas hasta cualquier hora porque eran para gente sin horarios, como yo, atendida siempre por algún mozo borracho, que de profesión era eso: un borracho. No, ésta era de “re-onda”, eso me dijo la mujer que estaba a mi lado. La escucho hablar. Planea un viaje. La miro. Rubia, de unos 30 años. No es linda de cara. No tiene un lindo pelo. Pero habla y mucho. Ni siquiera me mira. No habla conmigo. Prepara la ensalada. Me roba el limón sin preguntarme y se sirve. Me gusta su cuello, es largo y fino. Me gusta todo su cuerpo. No es hermoso, pero está firme y ondulado en donde todavía debe ser ondulado. La reconozco, de a poco, entorna los ojos, no deja de hablar y me mira. Es Anita, mi amiga ricachona, la independiente, la que todos los hombres cagaron y ella se desquitó laburando. Ahora me habla, yo muevo los hombros. Estoy tomando decisiones, ¿es que no se da cuenta esta cabrona? Hay otra voz. Está charlando con la rubia. Ese tipo grandote le habla, le pasa números, ¿fechas, precios? No se que le está contando. No me interesa en lo más mínimo. Ahora charla con un mozo. Me pregunta algo y digo que sí. ¿A qué dije que sí? A quién mierda le importa. El tipo me pregunta otra cosa, yo me agarro la cabeza. No doy más. Esto va a seguir por mucho tiempo más. Me tengo que ir de acá, pero no de acá, no de una parrillada instalada en el shopping en donde la gente usa las sillas no para sentarse sino para poner los paquetes, en donde los chorizos parecen muestras y los putos “minicortes” no significan nada. Digo que sí nuevamente. El grandote me pregunta si me pasa algo. “Oscar ¿te pasa algo?”, repite tocándome el hombro. Nada, digo, nada estoy un poco mareado por el calor. Para qué respondo, por qué no me levantó y me voy de una buena vez. ¿Quién es este tipo? Ahora me acerca un vaso con agua. Lo miró por primera vez. Es Ernesto, un amigo de toda la vida. Bueno, de una parte de mi vida. De esa parte que yo quería tener amigos, que creía que otras personas me podían entender, que podían saber lo que me estaba pasando, lo que gritaban mis ojos y no mi sediciosa lengua. Yo, un tipo de 40 años, podía decir que tenía amigos, pero no sabía para qué los tenía. Porque no me tenía a mí. Yo estaba lejos de mí, siempre lo estuve y pocas veces salí a buscarme, a reconocer el terreno. Por eso, cuando me enteré de quién era, decidí que me iba a ir, como fuera me iba a ir. Tengo ganas de gritar “Ernesto, dejá de romperme las pelotas, comé y callate”. Habla con esta rubia, habla con esta mina. ¿Yo me acosté con Anita? No, seguro que no, últimamente no me acuesto con nadie. Ernesto la quiere para él. No veo qué está pasando entre ellos dos, o si realmente pasa algo entre ellos dos. Para qué me trajeron acá. Para qué me necesitan a mí acá. Si yo no quiero verlos, no me interesa lo que están diciendo, no tengo hambre. “Nos quedamos sin papas revueltas con huevos”, dice el mozo. La rubia empieza a protestar, yo miro al mozo, el mozo me mira, nos conectamos, él me está diciendo me quiero ir a la mierda, “¿Vamos?”, me dice. Vamos, le suplico con todo mi cuerpo. De repente. “¡Pau, pau, pau, pau!”. Ese sonido invade la galería que da a esa calle interna del shopping. “Pau, pau, pau…”. Siguen los estampidos. Gritos. Ruidos de autos que aceleran. Más gritos. “¡Vamos que son tiros!”. El grandote se levanta y empieza a correr, se vuelve y la agarra a la rubia de la mano. Corren desesperados con los otros clientes de la parrillada que están en la galería. Yo, tieso, inamovible en mi inesperada platea. Veo pasar una camioneta. De sus ventanillas salen los caños de armas, y de vuelta “pau, pau, pau…” y de más lejos se escucha, “pau, pau, pau…”. Ahora, ese sonido se acerca: es un patrullero. Equidistantes a unos 50 metros de los vehículos se escuchan los “pau, pau, pau, pau”. Están frente a mí, veo todo y no me puedo mover. No sé dónde están los que me trajeron, la rubia y el grandote. Los dos autos vuelven a acelerar, doblan al final de la calle interna, y se dirigen a la avenida de entrada del shopping. Los “pau” alejándose me inyectan algo en todo el organismo, algo se empieza a mover dentro de mí como una anguila eléctrica que están sacando del agua. Electricidad me cubre. Me levanto. Me meto dentro de la parrillada. Están todos tirados debajo de las mesas. Hay mujeres llorando, hombres en posición fetal. No lo encuentro, no encuentro al grandote. Lo veo, abrazado a la rubia. Me paro frente de él: “dame las llaves del auto Ernesto, dámelas ya”. Ernesto quiere decir algo, pero le pongo mi mano frente a su cara para que me dé la llave de una buena vez. Me la da, salgo corriendo, me subo a ese diminuto coche que tiene este incoherente grandote, reviso la guantera y, como esperaba, estaba la pistola: una 22, creo que se la compró al pedo después que le robaron una tarde a la salida de la cancha. Salgo del estacionamiento. El cochecito no tiene mucha pinta, pero es veloz y es maniobrable. Alcanzo a escuchar una sirena, intuyo para dónde va. Acelero, cruzo en rojo un semáforo. Veo el patrullero. Me le pego detrás. A 150 kilómetros por una zona densamente poblada de Córdoba, nunca lo había hecho. Me causa gracia lo que pienso. No hay más “pau”, pero veo de lejos la camioneta de los tipos que ví pasar por el frente de la parrillada. Nos estamos acercando con el patrullero. Los tipos de adelante, ¿los criminales?, doblan y toman otra avenida. A lo lejos se ve a otro patrullero, y más allá otro más, se está llenando de sirenas el paisaje. Pero nosotros vamos primeros. Estamos como a 100 metros de la camioneta. Otra vez giran y, esta vez, van más al centro de la ciudad. Inesperadamente se meten a la playa de estacionamiento de un hipermercado. Es sábado a la tarde, el lugar está atestado de gente. Los tipos vuelven a disparar al aire. Ya se nota el caos de gente corriendo. El patrullero que va adelante de mí hace una maniobra brusca al tratar de entrar al estacionamiento y se da vuelta. Yo entro primero en la persecución. Los perseguidos se han detenido y están como parapetados detrás de la camioneta. Me detengo frente a ellos y, sin bajarme del auto, disparo la 22. Se despedaza el vidrio del autito. Los “pau, pau, pau” empiezan de nuevo y escucho cómo pegan sobre la chapa. Me tiro al piso del auto, es algo instintivo, ¿es ésta la forma de irme, cagón?. Me tapo la cabeza con las manos. Ahora hay miles de “pau”. Vienen de todos lados. Yo sigo tirado. Le pego patadas a la puerta pero no se abre. Las sirenas llegan de nuevo. El olor a pólvora invade todo. Me parece que me quebré la pierna. Me duele muchísimo. Los “pau” disminuyen. De repente tengo un tipo con un FAL apuntándome. Lo miro y otro tipo le dice que no me haga nada, que fui yo el que los paró. Me ayudan a salir de ese cochecito de mierda. Alrededor hay un montón de policías con armas largas. Hay un tipo desangrándose. Hay otros boca abajo, y los están cagando a patadas. En la pierna tengo un balazo. Gritan pidiendo una ambulancia. Vienen unos tipos y me levantan; me llevan directamente a esa traffic blanca. Un tipo con un teléfono se me acerca y me pregunta si yo fui testigo de lo que pasó, si vi algo. “Andate a la mierda, boludo, yo me quería ir y no pude la puta que lo parió”.

“No sabía lo valiente que era”, dice la rubia mirándome de arriba. “Valiente, un pelotudo a cuadros, eso es lo que era”, dice el grandote. Este hijo de puta no se anima a mirarme. Hay alguien que llora, no alcanzo a ver quién es, mejor dicho no puedo ver quién es. Estoy de traje. No sabía que tenía un traje, yo nunca usé traje, jamás, que yo me acuerde. Ah sí, use cuando me presentaron como gerente. Estaba como ahorcado con la corbata, pero claro, iba a ser gerente, y el traje es la pilcha de gerente. Pero no era mío ese traje, como tampoco es éste. Ah, pero es saco y camisa, nada más. No tengo puesto el pantalón, ni zapatos. Qué vivos, claro, como total no se ve. Parece que hay mucha gente. Serán mis amigos. No creo, últimamente no les daba mucha pelota. En realidad me aburrían, pero ésta es la hora de la verdad. Ahora voy a saber quién me llora de verdad, quién realmente siente mi pérdida. El momento más esperado de todos. Pasen de a uno, por favor, y no se lastimen. Jajajaja, me río de mis boludeces. ¿Y a ésta que le pasa?, ésta era una amiga de mi Vieja, que en realidad ella no aguantaba mucho porque siempre estaba hablando de los muertos, de los propios, de los ajenos, de todos, hasta de los que veía por la televisión. ¡¿Qué hace esta hija de puta?, me está por besar, me cago en la mierda… ¡qué asco, vieja de mierda anda a besarte el culo! ¿Qué hora será? Debe ser tarde porque no escucho muchas voces. Tengo que serenarme, no puede ser que me vuelva loco por todo. Yo pensaba que cuando llegara a esta posición toda esa mierda de la ansiedad, los miedos y la mar en coche desaparecía. Pero no, sigo siendo el mismo inseguro de siempre. Ni acá tengo paz. ¿Habrá sicólogos, coach, o alguien para acomodar el bocho? No lo sé, pero lo mismo hay que tener paciencia. Me voy a centrar porque ya me está empezando a doler la cabeza. Mierda, que incomodo que es esto. De afuera parecen bárbaros, todos lustrosos, todos brillantes, pero adentro son muy angostos. Ni siquiera puedo mover los brazos. ¡Ah!, cierto que no los puedo mover más, qué boludo. Bueno, me voy a centrar sin movimientos. A ver, cierro los ojos –ya sé: ya los tengo cerrados-, me imagino que todos los elementos llegan a mi y me hago uno con el universo, y ahora soy… soy un tarado, eso soy. Me olvidé de pagar la cuenta de la luz. Mirá si la cortan justo ahora. Ahora que me llegó la hora. ¡Uy! Parece un versito. Si se corta, pueden poner velas. ¡Qué nivel! Unos cirios largos y amarillos rodeándome, una cosa media draculesca, íntima –decía una amiga que prendía velas hasta para ir a cagar- o ceremonial. Sería genial, un toque de distinción, saldría de lo común, todo el mundo hablaría de esta ocasión, sería el comentario del barrio. “¡Se nos fue, se nos fue!”, llora mi cuñada, tan buena está pobre cornudo. “Qué lo lloras a este inservible que solo traía problemas, si hasta tuve que ir a pagar la luz porque éste se había olvidado”, dice, como siempre el amable de mi hermano mayor. Mejor me tranquilizo porque me parece que éste no es mi día de suerte.

EL GORDO SAPO by rabbit

servido por omar 1 comentario compártelo

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

putacosa

putacosa dijo

SIEMPRE LO MISMO...HACE COMO NO SE CUANTOS AÑOS...MUY REPETIDO GARADE, MUY COPIADITO, TODO LINDO PERO COPIADITO Y REPETIDO,GARADE GARADE HAY QUE HACER OTRAPUTACOSA...

27 Marzo 2009 | 03:34 AM

Escribe tu comentario

« El tema | Inicio | Canción »


Sobre mí

Avatar de omar

La página del Gordo Sapo

Córdoba, Argentina
ver perfil »
contacto »

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera