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La Coctelera

La página del Gordo Sapo

Aquí se relataran las desventuras de 5 amigos cordobeses: El Gordo, Astor, El Negro Sergio, Julito y el Negro Sandoval. También encontrarás los delirios de este autor que de repente encontró sus ganas de volver a escribir

19 Noviembre 2008

Destino, decisiones y algo más

Siempre he tenido esta conversación interna sobre si existe o no el destino, y en que forma modifica nuestras vidas. Primero creía en ese romanticismo de que todos teníamos una bitácora ya escrita en un libro mágico y sagrado. Y que por más que nos resistiéramos, lo que nos sucedía en este viaje ya estaba masticado y rumeado. Por lo tanto era en vano resistirse. Con el paso de los años esta azarosa definición se hizo difícil de sostener. Es por eso que inicie otros caminos para encontrar otra explicación que me conformara. Creí haber llegado a buen puerto cuando me mostraron que el destino era la construcción de nuestras vidas a través de las decisiones que tomamos. Esa “letra” me sirvió durante un tiempo, pero luego de algunos hechos inexplicables (por lo menos en el momento que sucedieron), me hicieron extrañar un poco mis antiguas creencias.
En la actualidad he llegado a una interpretación propia de este concepto, que en este momento no es significativo aclarar. Lo que si es importante es la historia que voy a contar y que de alguna manera servirá para mostrar estos entretenimientos mentales que me ocupan. Por supuesto, tengo la intención, de que ustedes circunstanciales lectores, me ayuden con su opinión.
Creo que la primera parte de mi relato ocurrió en el último año que cursé en la Escuela Superior de Comercio de Manuel Belgrano de la ciudad de Córdoba, cuando pertenecía al Tercer año en su Séptima sección. Fue en mis días finales en esa casa de estudios, luego que una desacertada decisión disciplinaria terminara con mi innecesaria expulsión, que siempre considere injusta y apresurada. Contaba con 13 años y corría el mundialista y dictatorial año de 1978 y mi experiencia en la Secundaria era de lo más salvaje. No sabría explicar muchas de mis acciones en esa época, pero creo que su único fin era el de divertirme y porque no, llamar la atención de todos los que me rodeaban.
Entre tantas de esas acciones disparatadas, recuerdo una que varios años después se me volvería a presentar y casi sin explicación fui obligado a revivirla.
El “enano” Gustavo Mengarelli y el “ojudo” Pablo Parga, eran mis laderos preferidos para mis tropelías belgranenses. Con ellos subíamos al primer piso del edificio escolar, y al final de los casilleros sobre la calle Chubut, nos asomábamos y escupíamos los autos que estacionaban abajo. Esta práctica asquerosa la hacíamos a diario y de a poco íbamos mejorando nuestra puntería. Mis compañeros pronto desistieron de esta práctica por considerar que ya había perdido la gracia. Yo no pensaba lo mismo y con una disciplina desconocida en mi, subía a mi mangrullo de francotirador y seguía escupiendo. Ya no me interesaba tanto el salivar, como haber conseguido una víctima.
Así fue. Desde un principio había localizado una gran camioneta (no sabría decir la marca), que se estacionaba todos los días en mi zona de fuego. La elegí por el contraste que producía mi gargajo en su roja pintura, que aumentaba el efecto visual de mis proyectiles orgánicos. De a poco empecé a notar que el móvil cambiaba de lugar para estacionarse, aunque seguía en la misma cuadra. Lo que me hacía pensar que el dueño se había dado cuenta de mis ataques. Eso encendía mi sentido de persecución, por lo que adonde fuera que estaba, iba hasta el lugar y lo escupía. Además una vez que lo había ensuciado a la mañana, me di cuenta que a la tarde ya lo habían limpiado, lo que mostraba que el conductor ya estaba atento por horas en lo que le hacían a su camioneta.
Durante casi un mes continué con mi pegajosa faena, hasta que un día, segundos después de haber dejado un “verdoso” sobre la cabina de mi blanco, fui sorprendido por tres hombres que de alguna manera me “detuvieron”. De los tres, el más enojado era un señor regordete, muy colorado y de pelo rubio. Este hombre que se presentó como el Intendente de la Escuela, iba acompañado por dos hombres de la limpieza que esgrimían sus enormes lampazos en forma amenazadora sobre mi adolescente figura. “¿Por qué haces esto Gordo… Por qué me escupís el auto todos los días?”, me gritaba demasiado cerca de mi cara este hombre de unos cuarenta años, que realmente parecía muy ofendido. Sin pensarlo mucho y como hice en repetidas oportunidades en mi periodo escolar, utilicé mi excusa preferida: El asma. Los que fueron mis compañeros recordaran que mis problemas respiratorios eran más que oportunos y sirvieron para que más de una vez nos salváramos de alguna prueba (sobre todo en música y sus audiciones de flauta dulce que nunca pude dominar), para no hacer gimnasia o natación, o simplemente para escaparnos a fumar algún cigarrillo por ahí (algunas veces en el mismo consultorio médico de la Escuela, pero no vamos a dar el nombre del profesional que lo permitía, por razones obvias).
“Yo escupo porque tengo asma, y junto mucha flema durante todo el día y tengo que largarla”, respondí con un tonito aflautado y con cara de recién salido de la terapia intensiva. La cara de mi “agresor” su puso mas colorada y a pesar que se le ocurrían miles de preguntas para hacerme confesar mi vandalismo, se dio cuenta que sería imposible ya que se encontraba ante un mentiroso profesional. El hombre maldijo entre labios, bufó, y finalmente me dijo que me fuera y que “por favor” que la próxima vez fuera a escupir al baño. Creo que rápidamente me olvide de esta aventura y solo duró en mi cabeza lo que tarde en contarles a mis laderos como había zafado de las autoridades logísticas de la escuela. Después de eso, pasó mucho tiempo para volver oír hablar de ese momento de secundaria.
Diez años después yo estaba terminando mi carrera de periodista en la Escuela Superior de Periodismo Obispo Trejo y Sanabria. Era mi último año, la época que empezábamos a preparar la tesis final para recibirnos. Desde el primer día que entre a ese establecimiento de la calle Rondeau, quedé encandilado con una hermosa compañera, que en muy poco tiempo “me había robado el corazón”. Por distintas razones, durante todos los años que cursamos juntos nunca me anime a hablarle de mis sentimientos. Básicamente porque éramos muy distintos. Yo mantenía mi componente salvaje y ella era una recatada señorita que remarcaba sus predilecciones religiosas para comportarse socialmente. Aunque hice todo lo que estuviera a mi alcance para alcanzar sus favores, lo único que conseguía de ella eran unos golpecitos en la cabeza como si se tratara de su mascota preferida.
El año se acababa y sentía que la iba a perderla definitivamente. Estaba dispuesto a hacer algo que la sorprendiera definitivamente y que me diera la oportunidad de poder hablarle de mis amorosas intenciones. Un querido compañero, el “Loco” Rizzi, insistentemente me invitaba a retiros espirituales con el fin de “que viera la luz” y abandonara mi consabido ateismo. Siempre lo rechacé y en más de una vez me reía de mi amigo y su “fe” en mí. Lo cierto que ante mi desesperación amorosa, el ofrecimiento del retiro no me pareció tan malo. Después de darle vuelta a la idea, me imaginé que ese sería mi punto de partida para enamorar a mi compañera. Acepté el convite y pronto se lo comunique a ella, que vio con buenos ojos mi repentino interés religioso. El plan era fácil. Después de volver de ese encuentro me iba a demostrar sorprendido y agradecido por mi “conversión” y me haría un ferviente feligrés de su mano. Así lograría que ella se fijara en mí y a la vez entraba un poco más en su universo. El tiempo demostraría que la estrategia no funcionó, es más me pelee con casi todos los participantes del retiro, y jamás pude sostener mi cambio espiritual ante mi amada, que fácilmente se daba cuenta de mi falta de entusiasmo con todo lo concerniente a este dogma.
Pero lo importante de relatar no está en el resultado amoroso, sino con lo que me sucedió una vez adentro del retiro espiritual. Recuerdo que partimos todos varones de una plaza del centro de la ciudad. Todos jóvenes parecidos a mi, ya sea por la forma de hablar, la ropa o por los intereses que teníamos para participar de esta reunión que duraba la noche del viernes, el sábado y el parte del domingo. Aproximadamente unas 15 personas nos subimos a un ómnibus que nos llevó hasta una silenciosa casona ubicada en las afueras de Villa Allende. Allí nos encontramos con otros 15 muchachos de nuestra edad que eran soldados que hacían la conscripción en Córdoba. Gente mas sencilla y alegre que nosotros, que aparentemente estaban allí obligados por la orden de algún superior.
Nos juntaron en un gran salón y de a poco distintos oradores nos daban la introducción de lo que iba a ser ese fin de semana espiritual. El último de ellos, era un señor gordo, bien colorado –como si siempre estuviera haciendo un gran esfuerzo para hablar- y rubio. Para ser sincero en ningún momento me di cuenta de quien era, hasta que él mismo se delató con las siguientes palabras.
“¿Saben por qué estoy acá hablando con ustedes?”, se preguntaba el gordo con una voz a un tris de ser un grito. “Estoy acá porque hace mucho que me di cuenta que a la juventud hay que salvarla, porque esta realmente perdida”, se respondía a sí mismo a la vez que sudaba cada vez más su exigua camisa. “¿Y saben cuando me di cuenta que la juventud estaba perdida?”, volvía a interrogar el gordo repasando a sus oyentes con los ojos bien abiertos. “Me di cuenta cuando yo era intendente de una de las escuelas mas importantes de Córdoba”, dijo seguidamente. Hasta ese momento nada me hacia ver lo que vendría. “Cuando yo trabajaba ahí me di cuenta lo mal que estaban los chicos y me decidí a ayudarlos”, explicaba ahora con un tono más sereno. “Lo peor que me paso –volvió a levantar el volumen- fue con un gordito que todo los días me escupía la camioneta desde un primer piso”. Mi cabeza se disparó y empecé a hacer memoria. “Cuando lo agarré, me dijo que escupía mi auto porque tenía asma y no le quedaba otra que tirar la flema”, detalló el ya ofuscado hombre ante el solo recuerdo. “Se imaginan, el tipo estuvo un mes llenándome de gallos el auto y lo único que se le ocurría era mentirme que lo hacía por una enfermedad”. Ya no tuve dudas de quien hablaba. “Ese día me di cuenta que esos chicos estaban alejados del camino de Dios, por lo que tomé la decisión que de ahí en adelante iba a hacer todo lo posible para traerlos al rebaño”.
Primero me sorprendí, luego me dio vergüenza por mi pasado, pero finalmente me enojé con este laico que utilizaba mi vida para convencer a los asistentes de “que la juventud estaba perdida”.
Levanté la mano, me otorgó la palabra y dije: “Ese chico era yo, y todo ocurrió en el Belgrano”, le señalé lo más tranquilo posible. El tipo se quedó callado. Me revisó con los ojos y con gesto de mucha ofuscación se dio cuenta que no mentía. Hizo una imperceptible pausa en su notable bronca, y como el mejor de los actores cambió de cara instantáneamente. “¡No lo puedo creer gordo!... ¡Que increíble que nos volvamos a encontrar!”, dijo hasta con cierta alegría. “Si soy yo”, respondí y me puse de pie. “Bueno me alegra que estés acá. Así le podes contar a los demás como fue lo que pasó aquella vez”, soltó el colorado en un pedido casi educativo.
Lo primero que quería hacer era asegurarles a mis compañeros que no había mentido, luego escupir en la cara del gordo y finalmente salir corriendo de ese santificado salón. Pero no, no lo hice, solo atiné a decir; “sí, todo lo que usted dijo es verdad”. El hombre se alegró con mis palabras e inicio un discursete de lo bueno era que alguien tan equivocado en la vida estuviera ahora aquí para ver “el camino”. Cuando todo terminó y antes de irnos a cenar el tipo me alcanzó y me llevo aparte. “¡Que pedazo hijo de puta que eras, como estaba caliente con vos, te quería matar! Bueno, pero todo eso cambió y ahora yo te voy a ayudar a que seas mejor”. Me dio una suave cachetada en la cara y se fue sonriendo. La bronca que tenía casi me hacía levitar. Desde ese momento juré que me vengaría de ese tipo que se creía con derecho a hacer “mejores” a las personas. De ahí en adelante me dediqué a discutir cada uno de los dogmas con los que nos querían adoctrinar. Desde los mandamientos, hasta los ítems mas cerrados de su religión. En el último día, en el que teníamos que dar testimonio de nuestro paso por el encuentro, declaré que nada de lo escuchado me había convencido y que me parecía un método engañoso de propagar la fe. Todos se sorprendieron con mis palabras (hasta mis pobres padres que asistieron con la esperanza de conseguir un cambio en mi comportamiento), pero lo único que miraba yo era la gorda cara del ex intendente, que se hinchaba y se ponía extra roja mientras me escuchaba. En ese momento me acordé con el gusto que escupía ese auto, y lo enojado que estaba mi víctima el día que me atrapó. Me bajé del estrado con la alegría instalada en mi cuerpo y bajo el aplauso de algunos de mis compañeros que pensaban igual que yo pero no se animaban a “escupirlo”.
No se a que tipo de casualidad se debió este extraño encuentro. No se si fue el destino que tenía escrito que nos encontraríamos por segunda vez en la vida y que de nuevo lo iba a sacar de quicio. O fueron mis decisiones equivocadas que me hicieron a ir a un retiro religioso con el tan solo propósito de enamorar una mujer que no me elegía ni por asomo. Azar o decisiones, lo único que me di cuenta ese último día, es que seguía siendo tan salvaje como hacía 10 años, pero en ese momento no me hizo falta escupir.
EL GORDO SAPO

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3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Gaby

Gaby dijo

Ya me parecia que eras un gordo atorrante vos... Ahora escupis otras cosas ... pero bueno te salen mas ordenas y hasta riman... Un beso.

20 Noviembre 2008 | 12:28 PM

MFG

MFG dijo

Tan salvaje como adorable. Un relato muy divertido. Conclusión no hay que actuar por otros sino animarse a vivir por uno mismo.

2 Enero 2009 | 08:41 PM

grisel

grisel dijo

me encanta este relato!!! sera porque compartimos, esa maravillosa época de la secundaria y por haber pertenecido a la gloriosa y querida VII y porque me reía mucho con tus locuras, tus travesuras y porque te tengo en mi corazón con mucho cariño.
ahora........ entre nos!!!!....... que pedazo de H D P!!! jajajajajaj
te quiero mucho gordito y eso que me hacías enojar bastante!!!!

23 Julio 2009 | 11:50 PM

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